—Incluso si solo fui un sustituto, estoy muy satisfecha. Si no fuera por usted… ahora mismo quizá seguiría buscando dinero por todas partes para pagar las medicinas de mi mamá. Señor Liberto… usted es un buen hombre. Estoy segura de que usted y su… esposa, serán muy felices en el futuro.
Cada palabra de buenos deseos era una puñalada para Penélope, pero el dolor en su pecho ya se había vuelto un entumecimiento.
—Raúl vino a la empresa hoy solo porque estaba preocupado por mí. No se preocupe, señor Liberto, yo me encargaré de esto. No volverá a suceder.
Después de salir de la oficina del presidente, Penélope regresó al departamento de diseño, pero todos la evitaban como si fuera veneno. De pie en el pasillo, miró a través de la ventana de cristal el que había sido su escritorio, ahora ocupado por otra persona.
Había mucha gente a su alrededor. Penélope reconoció a la chica que había quedado en segundo lugar en el concurso de diseño de la universidad…
***
Rafaela llegó a la mansión Jara y, al entrar al vestíbulo, notó que había varios sirvientes nuevos. El lugar, antes tan frío, comenzaba a tener un aire de hogar. Afuera, en el patio, Adrián dirigía a unos trabajadores que traían nuevas plantas para llenar los espacios vacíos.
—¿Cuándo llegaste?
Una voz la sorprendió por detrás. Rafaela se giró y vio a su abuelo entrando, seguido por André. Este último la saludó con una inclinación de cabeza.
—Señorita.
Rafaela le devolvió el saludo con un gesto. Siempre había tenido una sensación extraña con respecto a André, y no era una sensación agradable.
—Acabo de llegar.
—¿Te quedas a cenar?
—Claro que sí —aceptó Rafaela.
—André y yo tenemos que revisar unos asuntos. Date una vuelta por ahí mientras —dijo Lucas.
—Sí —asintió Rafaela.
En ese momento, Adrián salió de la cocina con un plato de ciruelas pasas.
—Esto es lo que más le gusta, señorita. No están nada ácidas, pruébelas.
Esas ciruelas las preparaba su abuelo. Durante años, se había dedicado a temas de patrimonio cultural, viajando a distintos lugares para promoverlo. Con toda esa experiencia, había adquirido un montón de habilidades, y la receta de las ciruelas la había aprendido de una anciana en una aldea remota.
—Están muy buenas. —Rafaela tomó el plato entero—. No te preocupes por mí, Adrián, ve a hacer tus cosas.
—Cualquier cosa que necesite, señorita, no dude en decírmelo.
Rafaela se sentó en el columpio del jardín y, al agacharse, vio en el suelo un pasador de niña. Lo recogió y le pareció familiar; creía que su abuelo se lo había regalado cuando era pequeña, durante el poco tiempo que vivió en la mansión Jara.
Solo estuvo allí una corta temporada, hasta que la gente de la familia Ferreira la acosó tanto que se tuvo que ir. Y al marcharse, no se llevó nada…
Justo en ese momento, un carro se detuvo frente a la reja del patio. Del vehículo bajó una chica con el uniforme de una preparatoria privada de élite, con el pelo recogido en una coleta, seguida por varios compañeros.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...