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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 795

Mauricio había visto algo similar con su antiguo patrón, Saúl Huerta.

Un hombre que en los negocios era un tiburón, implacable, pero que frente a la mujer que amaba, por más racional que fuera, perdía los estribos.

Incluso el hombre más arrogante del mundo, frente a su amada, se bajaba voluntariamente de su pedestal para ponerse a sus órdenes, cuidando cada detalle con miedo a regarla…

—Tú siempre entiendes todo, ¿verdad?

Mauricio respondió:

—Todo lo que le pasa a usted, joven, ya lo vivió el patrón. Llevo muchos años sirviéndole y, como espectador, uno aprende.

***

Rafaela descansó toda la noche. El hotel ya había coordinado al personal para que la acompañaran al hospital a hacerse los estudios.

Durante todo el proceso, ella solo tuvo que cooperar con los médicos; no tuvo que mover ni un dedo para nada más.

Al terminar, en una oficina contigua, separado solo por una cortina, Liberto recibió los resultados media hora antes que Rafaela. El mejor equipo de cirugía cardíaca había llegado a Francia la noche anterior a toda prisa, instalándose en el hospital privado para estar listos cuando ella llegara.

El médico principal, una eminencia rubia de ojos azules en cirugía cardíaca a nivel mundial, dijo:

—Analizando el historial de la señorita Rafaela, nuestro equipo ya tiene un plan de tratamiento perfecto. Comparado con antes, su condición está claramente bajo control.

—Mientras la paciente no sufra emociones fuertes, tal vez podamos evitar el trasplante de corazón.

Saliendo del hospital eran apenas las diez de la mañana. Había llovido todo el día anterior, y Rafaela se recargó en el asiento trasero sintiéndose un poco bajoneada.

Porque… él no la había pasado nada bien en Francia durante este tiempo…

Y todo ese sufrimiento había sido por su culpa.

Al llegar al hotel, el gerente, sabiendo que Rafaela no había comido, la llevó al restaurante panorámico en el piso diecinueve. El lugar parecía decorado especialmente para la ocasión: flores carísimas por todo el salón, un violinista tocando música suave y otros comensales disfrutando sus alimentos…

A Rafaela la llevaron a una mesa privada en una esquina tranquila, junto al ventanal con vista a la playa. Además de la música, se escuchaba el romper de las olas.

Mientras los meseros servían, el gerente le describía cada platillo en un francés fluido, sin dejar de monitorear discretamente el estado de ánimo de Rafaela.

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