—¡A mí no me grites! ¿A quién crees que asustas? —Maritza se plantó con las manos en la cintura, sacó el pecho y lo fulminó con la mirada, sin dejarse intimidar en lo más mínimo.
Pero con su limitado repertorio de insultos, la ofensiva de Maritza era patética frente a Liberto.
—¿Por qué la asustas? No es de hoy que no te soporta.
>>Maritza, no le hagas caso. Cuando tengas que gritarle, grítale. Si te trata mal, en la noche no lo dejo entrar a la casa. —Rafaela seguía del lado de Maritza.
—¿Ahora la señora Padilla también defiende a los de afuera? —Liberto se acercó, rodeó la cintura de Rafaela con el brazo, la acorraló contra la pared y la besó frente a Maritza.
—¡Tú...! —exclamó Maritza.
Liberto le lanzó una mirada gélida y, al instante siguiente, profundizó el beso. El ligero olor a tabaco que aún emanaba de él invadió sus fosas nasales, pero no era del todo desagradable. Maritza, sintiéndose humillada, se dio la vuelta y se fue, echando chispas.
La gente de la familia Cruz, incluidos los sirvientes, estaban en el salón. Alrededor reinaba un silencio casi absoluto. Rafaela aprovechó para rodear el cuello de Liberto con sus brazos. El beso, suave y prolongado, la dejó sin aliento. Cuando se separaron, los ojos oscuros del hombre ardían de deseo. Ciertamente, había pasado mucho tiempo desde la última vez…
—¿Quieres que nos vayamos? —Liberto acunó su rostro, limpiando con el pulgar un rastro de humedad de sus labios. Su voz, grave y profunda, delataba su excitación. Rafaela tampoco se había quedado quieta; su mano se había deslizado bajo su camisa negra, sintiendo su piel ardiente y sus abdominales definidos. El físico de Liberto era, sin duda, impecable.
—¿Ya no aguantas más aquí?
—Toda la familia Cruz mira a la señora Padilla con ojos de buitre. Si nos quedamos más tiempo, no saldrá nada bueno.
>>El puesto de señora Cruz no es tan fácil de ocupar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...