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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 811

Para Liberto Padilla, la muerte de Rafaela Jara en su vida anterior fue lo que le permitió estar con Penélope Salazar; para él, fue como quitarse un grillete de encima, un alivio inmenso.

Por eso, en esa vida pasada, ellos, que supuestamente se amaban de verdad, pudieron ser felices y comer perdices...

—Señor Huerta, mi papá nunca fue un hombre débil. Amó a mi madre toda su vida, y solo por eso ya es un hombre extraordinario.

—Cuando mi mamá lo dejó a usted hace años, jamás se arrepintió. Al contrario, siempre dio gracias al cielo por haberlo dejado y por haber encontrado a un hombre a quien confiarle su vida entera.

La muerte de su madre era una carga pesada para Rafaela, pero aun así fue capaz de decir esas palabras con un tono ligero, soltándoselas en la cara a ese hombre arrogante para romper esa burbuja de presunción en la que vivía.

—Estoy segura de que, si todo volviera a empezar, si el tiempo retrocediera...

—Mamá... volvería a tomar la misma decisión.

Incluso sabiendo cuál sería el final, nada cambiaría.

El papá de aquel entonces era un joven talentoso, culto y amable. Si la mamá no hubiera aparecido para cambiar sus planes, si no hubiera existido ese amor, tal vez... tal vez sería como decía el abuelo: ahora papá sería un diplomático brillante. Quizá se habría casado con alguien a quien amaría hasta la muerte, sin tener tantos enemigos acechándolo.

Ante el silencio del hombre frente a ella, Rafaela sonrió sin decir más. Cuando le sirvieron otro postre exquisito, sintió un poco de apetito, tomó la cuchara y probó un bocado.

—Sigo diciendo lo mismo: enamorarse no tiene nada de especial. Mantener el amor... eso sí que es de admirarse.

El dulce sabor se deshizo en su boca.

Rafaela no pudo evitar comer un par de bocados más.

Los hombres tienen esa mala maña. Saúl Huerta tenía el poder de una familia enorme y una fortuna incalculable; para él, las mujeres eran solo adornos en su vida.

Incluso si su madre hubiera agachado la cabeza para estar con él, al final... él habría seguido picando de flor en flor. Un hombre así no sabe lo que es la lealtad.

Mamá lo habría dejado de todas formas.

Saúl ya rozaba los sesenta, pero en su cabello negro apenas asomaban unas cuantas canas. Las arrugas en las esquinas de sus ojos eran solo marcas que el tiempo le había dejado. Sus facciones, comparadas con las de su juventud, se veían más maduras, con ese carisma agresivo de un león macho. Había que admitir que los genes de los Huerta eran buenos.

—No puedo negar lo que dices, pero tu madre ocupó gran parte de mis mejores recuerdos de juventud. Ella... valía la pena.

—Se ve que no te agrada.

—Por supuesto que puedes divorciarte. Conozco a gente de la realeza, si te interesa, las puertas de los Huerta están abiertas. Yo puedo interceder por ti.

De pronto, se escuchó el sonido de un cristal rompiéndose: *¡Cras!*.

Rafaela giró la vista hacia el ruido.

Un mesero se acercó a explicar:

—Lo siento, fue un accidente, se rompió una copa.

Rafaela retiró la mirada con indiferencia.

—No necesito que se preocupe por mi vida sentimental, mejor preocúpese por la suya. Hace poco, Encanto Puro, esa joyería de su grupo, atacó al Grupo Jara. Solo por defender a una diseñadora de quinta y sin clase, hicieron que mi papá terminara en el hospital con un problema cardíaco.

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