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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 819

Él... no se merece que me preocupe.

—Ah, bueno. De todos modos ya me había aburrido de estar aquí.

—Pues así quedamos. Ustedes recojan todo, yo los espero en el carro de abajo. Ah... que no se les olvide nada mío, no quiero tener que regresar.

Mauricio inclinó la cabeza levemente.

—Sí, señora.

Cuando se dio la vuelta, Rafaela ya estaba saliendo del cuarto.

—Mauricio, ya te dije que no me gusta que me digan así.

—Entendido, señorita Rafaela.

Mauricio no intentó detenerla. Había estado observando su reacción todo el tiempo. Al parecer... a la joven señora realmente no le importaba la desaparición del amo, no le afectaba en nada. Mauricio se quedó mirando la espalda de Rafaela hasta que desapareció por completo antes de retirar la vista.

«Joven amo... parece que a ella no le importa usted».

«Usted... perdió la apuesta».

«No debió haber llegado tan lejos por ella».

Mauricio rara vez mostraba descontento hacia alguien, esta era la primera vez. Pero... que ella tratara así al joven amo tenía sus razones. Mientras la señorita Rafaela no soltara el pasado, aunque el amo no sobreviviera, ella no derramaría ni una lágrima por él.

Pero todo fue elección del amo, él... no tenía derecho a interferir.

De camino al aeropuerto, una caravana encabezada por un Maybach y seguida por cinco autos más transportaba todas las cosas de Rafaela.

Viendo al conductor por el retrovisor, Rafaela preguntó distraída:

—Tu jefe, el señor Liberto, ¿en qué ha estado ocupado estos días?

Esos guardaespaldas eran de élite, tanto física como mentalmente. Rafaela buscó sus ojos en el espejo.

—La agenda del señor Liberto es extremadamente privada. A menos que haya una misión especial, no sabemos sus movimientos.

Fuiste tú quien me decepcionó primero.

Por más fría que Rafaela quisiera parecer, por más que fingiera indiferencia, era humana. Sabiendo que la persona que no había sacado del todo de su corazón estaba entre la vida y la muerte, era imposible no sentir nada.

Debería alegrarse. Él estaba recibiendo su castigo.

Pero ¿por qué...?

¿Por qué no se sentía tan feliz como imaginaba?

Rafaela tenía la mente en blanco, no sabía qué estaba pensando. Como si hubiera perdido la voluntad propia, llegó al aeropuerto, bajó del carro y los guardaespaldas llevaron las maletas tras ella. Caminaba rápido, como si le urgiera huir de ese lugar, sin un gramo de nostalgia, y subió a la cabina del avión.

En el avión había un equipo de cardiólogos profesionales.

Monitoreaban a Rafaela todo el tiempo para evitar cualquier incidente.

Incluso cuando el avión despegó, Rafaela seguía sin poder digerir la noticia que le dio su papá. Sin verlo con sus propios ojos... sentía que era mentira...

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