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Vine a hacer que se arrepientan romance Capítulo 10

Esa simple frase fue como echarle leña al fuego; la multitud se enfureció aún más.

—¡Camelia ya subió todas las pruebas y tú sigues mintiendo!

—¡Qué vergüenza de persona!

—¡Pídele perdón a Camelia de una vez!

Como si gritarle no fuera suficiente, alguien de la multitud le aventó un huevo que le dio de lleno en la cabeza.

Hubo un segundo de silencio antes de que le empezaran a llover cosas y basura de todos lados.

Parecía que la iban a sepultar ahí mismo.

La yema del huevo le escurría por la mejilla y un olor asqueroso le llenó la nariz.

Laia quedó hecha un desastre.

Quiso escapar, pero la turba estaba tan apretada que le bloqueaban cualquier salida.

No le quedó más remedio que aguantar.

Quién sabe cuánto tiempo pasó hasta que por fin llegaron los guardias de seguridad a correr a la gente.

Arrastrando los pies, por fin logró entrar a la casa.

Darío estaba sentado en el sillón y le habló con tono glacial:

—O te quedas encerrada en la casa estos días hasta que se calme el escándalo, o agarras tus cosas y te largas. No quiero que se vuelva a repetir el circo de hoy.

Se acercó y la miró desde arriba con superioridad:

—Son tus broncas, no nos embarres a nosotros.

Laia miró a Darío; su corazón, que ya se sentía marchito, volvió a punzarle de dolor.

¿Qué había hecho mal?

Cuando se había desvivido por ayudarlos, ¿por qué ahí no decían que los "embarraba"?

Y al final no sacó ni las gracias; solo le regresaron puro desprecio y reclamos.

Había estado ciega por poner a esa familia como su prioridad.

Pero no podía culpar a nadie más: ella misma les había entregado los cuchillos con los que la estaban apuñalando por la espalda.

—Yo no cometí ningún plagio.

—Creemos que, con su capacidad, la señorita Lemus perfectamente podría redactar un proyecto de ese nivel.

Laia soltó un suspiro de alivio; casi juraba que en el próximo segundo le dirían que le mandarían de nuevo la invitación.

Pero la persona cambió de tono por completo:

—Sin embargo, no podemos controlar a la opinión pública. Si usted no logra comprobar su inocencia y limpiar su nombre, me temo que no podremos contratarla.

Laia respiró hondo; tenía un nudo en la garganta, pero no le salió ni una sola lágrima.

Cuando Izan le dio el documento a Camelia, ya se había encargado de borrar todos los rastros.

Si Laia quería demostrar quién era realmente, solo le quedaba una opción: presentar un avance de la investigación que superara por completo el proyecto anterior.

Llevaba años dejándose la piel en esa investigación; las siguientes fases y los puntos clave ya los había repasado en su cabeza miles de veces. Lo único que necesitaba era un laboratorio, equipo y tiempo.

Ella nunca buscó fama ni aplausos, solo quería respeto.

Por eso, no podía rendirse. No iba a dejar que la hundieran.

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