Abajo de eso, adjuntó unas fotos con notas del proyecto y esquemas de redacción.
Los comentarios estaban llenos de insultos hacia Laia y alabanzas para Camelia.
[Los que hemos hecho proyectos así sabemos la chinga que es, ¡y Laia se lo copió palabra por palabra! ¡Qué asco de mujer!]
[El fraude académico es imperdonable. ¡Que veten a Laia del gremio!]
[Camelia es un ángel. Le roban todo su esfuerzo y todavía está dispuesta a perdonar.]
[La neta. Si fuera yo, ya la hubiera matado a golpes.]
A Laia se le heló la sangre.
Del tema de su proyecto, solo había hablado con Izan.
Y la contraseña de sus carpetas en la computadora también la sabía solo él.
Desesperada, marcó el número de Izan.
Nadie contestó.
Insistió una y otra vez, hasta que la operadora le indicó que el celular estaba apagado.
Checó la hora; era justo el momento en que Izan salía a la oficina.
Sin pensarlo dos veces, se lanzó directo al estacionamiento subterráneo de Grupo Chávez.
Al ver el auto blanco que conocía tan bien, aceleró el paso.
A través de los vidrios, alcanzó a ver a Izan y a Camelia en los asientos de atrás, platicando de lo más acaramelados.
Camelia comía un postre, y se manchó un poco de crema en la comisura de los labios.
Izan la miró con dulzura y le limpió la crema con el pulgar, sin el menor asomo de desagrado.
Laia se mordió la lengua tan fuerte que se lastimó.
Sintió el sabor amargo de la traición. Se acercó y empezó a golpear el cristal con fuerza.
Izan bajó la ventana con cara de hartazgo.
—¿Fuiste tú quien le dio mi proyecto a Camelia?
Fue directo al grano, mirándolo con los ojos enrojecidos pero llenos de coraje.
Frente a su evidente desesperación, Izan apenas frunció el ceño y le contestó con total frialdad:
—Es solo un proyecto.
Laia se le quedó viendo, pasmada.
Pero al llegar a la mansión Lemus, se topó con un enjambre de reporteros y paparazzis con cámaras y micrófonos.
También había un montón de curiosos con caras de repudio.
A Laia se le encogió el estómago por la impresión. Su instinto la hizo darse la vuelta para huir de ahí.
Pero la pierna lastimada no le respondió y se fue directo al piso.
El ruido de la caída llamó la atención de toda esa gente.
Apenas estaba tratando de levantarse cuando ya la tenían completamente rodeada.
Los destellos de los flashes la cegaron, y una ola de gritos e insultos se le vino encima.
—Laia, ¿por qué hiciste plagio?
—¿Cuándo vas a pedir perdón? ¡Hazle justicia a la víctima!
—¡En nuestro gremio no toleramos a gente como tú!
Laia ni siquiera podía abrir bien los ojos por las luces, pero contestó con firmeza:
—Yo no le copié a nadie. Yo misma lo escribí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Vine a hacer que se arrepientan