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Vine a hacer que se arrepientan romance Capítulo 7

La expresión de Romeo se suavizó y respondió con su habitual tono amable.

—No hace falta, no la he visto.

Romeo miró el inmenso basurero y frunció el ceño.

¿Cómo iba a encontrar un papel en un lugar así?

Era como buscar una aguja en un pajar.

La voz de Camelia se llenó de alegría:

—Entonces regresa pronto, Romeo. Aquí te espero.

Él asintió, dejó de dudar y se dio la vuelta para marcharse.

Al ver esto, las lágrimas brotaron de los ojos de Laia y le resbalaron por las mejillas.

Sintió un dolor desgarrador en el pecho.

Resultaba que Romeo, igual que los demás, ya no estaba de su lado.

Cuando Romeo se alejó, el borracho por fin la soltó.

Y no pudo evitar burlarse:

—Qué lástima, estaba justo enfrente y se fue por una llamadita. Preciosa, parece que eres como esta basura, te pueden desechar en cualquier momento. Mejor quédate conmigo, yo sí te voy a tratar bien.

Diciendo esto, estiró la mano para acariciar el hombro expuesto de Laia.

Laia agarró sin hacer ruido un pedazo de vidrio roto y se lo clavó con todas sus fuerzas en el brazo al borracho.

La sangre brotó de inmediato. Él gritó de dolor, soltándola, y soltó una maldición:

—¡Hijo de la chingada! ¿Cómo te atreves a lastimarme?

Aprovechando el momento, Laia apretó los dientes, se levantó y, movida por un fuerte instinto de supervivencia, salió corriendo a tropezones.

El borracho reaccionó rápido y empezó a perseguirla.

Laia sabía que no podría dejarlo atrás con su pierna lastimada.

Tenía que buscar otra salida.

Su mirada se posó en un viejo ropero abandonado que estaba cerca.

Corrió hacia él y, justo cuando el hombre estaba a punto de atraparla, empujó el mueble con todas sus fuerzas.

El ropero le cayó de lleno en la cabeza al borracho.

El hombre se quedó inconsciente al instante y cayó al piso.

Laia siguió avanzando a duras penas hacia la salida.

Al llegar a la carretera, las luces altas de un coche la cegaron de golpe. Laia se tambaleó y, sin poder aguantar más, se desplomó en el asfalto.

El chofer subió la calefacción y no pudo evitar mirar por el retrovisor, frunciendo el ceño de inmediato.

—Pero... ¿por qué la señorita Lemus está tan lastimada?

La mirada oscura del hombre se volvió helada.

—Investígalo.

Fue una sola palabra, seca y autoritaria.

El hombre fijó su mirada profunda en la frágil mujer que llevaba en brazos; una sombra de furia asomó en sus ojos.

Su imponente presencia hizo que el ambiente dentro del coche se volviera tenso y asfixiante.

***

Cuando Laia despertó, no tenía nada de fuerzas.

Sin embargo, sus heridas ya no le dolían.

Se incorporó, dándose cuenta de que la habían curado perfectamente, y se quedó un poco desorientada.

Justo en ese momento, una enfermera entró a revisar la habitación y Laia le preguntó:

—¿Cómo llegué al hospital?

—La trajo un señor en brazos —respondió la enfermera con una sonrisa amable—. Se portó increíble con usted; para que no le doliera tanto, mandó a conseguir una pomada especial.

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