—¿Qué estás viendo? —soltó Izan con voz helada—. ¿O esperas que te lleve con un médico?
Se inclinó un poco hacia ella, acortando la distancia entre los dos.
Parecía una postura íntima, pero las palabras que escupió no podían ser más crueles:
—Laia, ¿te quieres parar ya con estos teatritos baratos para llamar la atención?
Su aliento le rozó el rostro, pero a ella le dio asco.
Laia apretó los puños. Sintió como si unas manos invisibles le estrujaran el corazón, cortándole la respiración.
Ese era el hombre al que había amado durante cinco años...
Aunque la viera cubierta de sangre, él solo pensaba que era un truco para hacerse la víctima.
Seguro que si algún día la encontraba colgando de una soga, creería que se estaba columpiando.
Laia lo miró fijamente durante un segundo, pero al final no dijo nada y se alejó cojeando, arrastrando su pierna lastimada.
***
Mansión de la familia Lemus.
En cuanto Darío y Camelia volvieron a casa, llegó un paquete internacional.
Era la carta de invitación para Laia de parte del Instituto Vitalis.
Al ver las elegantes letras doradas impresas en el sobre, Darío frunció el ceño con disgusto.
¿Cuándo habían aceptado a Laia en Vitalis?
¿Acaso pensaba largarse?
Camelia se asomó por encima de su hombro y, al notar la molestia en los ojos de Darío, comentó con voz dulce:
—Oye, pero si ese es el instituto de investigación más prestigioso del mundo... ¿No habías mandado currículum un montón de veces y nunca te contestaron? ¿Cómo es que a ella...?
Entonces se tapó la boca fingiendo sorpresa y añadió:
—¡Ay, no! ¿Crees que la hayan estafado?
Con esas palabras, las dudas de Darío se esfumaron.
Claro, si a él nunca lo habían aceptado, ¿cómo iban a invitar a Laia?
Seguro había pagado para falsificar la carta y fingir que se iba, todo con tal de llamar la atención de la familia.
¡Qué mujer tan retorcida!
—Cada vez cae más bajo. Si de verdad cree que con esto le vamos a hacer caso, ¡está delirando!
Sin pensarlo dos veces, rompió la invitación en mil pedazos y la tiró al bote de basura.
¡Era otro de sus trucos baratos!
Ahí estaba la prueba: nomás llegó, preguntó por su cartita falsa, no fuera a ser que no le prestaran atención.
—¿Y si sí, qué? —respondió Darío con desdén—. ¿Crees que un papelito inútil va a hacer que te roguemos?
Al ver su actitud, a Laia se le encogió el corazón y alzó la voz sin darse cuenta:
—¿Dónde está?
—La basura va en el bote de basura, obvio —dijo Darío, recargándose en su silla con aire altanero.
Sin pensarlo dos veces, Laia se acercó al bote y empezó a rebuscar.
Ni siquiera parpadeó al meter las manos en la basura asquerosa y maloliente de la cocina.
Al ver esto, Darío se levantó de un salto, se le acercó y la levantó de la ropa, jalándola por el cuello.
—¡¿Estás loca o qué?!
Laia lo miró con los ojos enrojecidos y le preguntó con voz temblorosa:
—¿En qué bote la tiraste?
A estas alturas, lo único que la mantenía en pie era la esperanza de que, en un mes, por fin podría largarse de ahí.

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