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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 18

La gala terminó antes de lo que Zulema esperaba.

Mientras caminaba hacia la salida arrastrada por la multitud, apretaba el contrato en su mano, sintiendo una inmensa tranquilidad en su pecho.

Apenas bajó los escalones de la entrada, vio que a pocos metros de distancia, Alberto y Úrsula también salían por las puertas giratorias.

Úrsula estaba tomada del brazo de Alberto y recargada por completo en su hombro. Los dos conversaban, y en el rostro de Úrsula se dibujaba una sonrisa.

Alberto la miró con expresión tierna y levantó la mano para acomodarle un mechón de cabello que el viento le había desordenado.

De pronto, al levantar la vista, su mirada se cruzó accidentalmente con la de Zulema. La calidez en sus ojos desapareció al instante; posó su mirada en ella por un solo segundo y la apartó rápidamente, como si estuviera viendo a un completo extraño que no valía la pena notar.

Zulema no pudo evitar que su corazón temblara ligeramente.

Había estado casada con él durante diez años, había guardado luto por él durante cinco, y al final, a sus ojos, ni siquiera merecía una simple mirada.

Zulema soltó un largo suspiro, tratando de expulsar esa amargura que le oprimía el pecho.

No importaba. Ya no era problema suyo.

En un mes se iría lejos. Tanto Alberto como Úrsula dejarían de importarle.

Justo cuando se dirigía hacia la acera, un Maybach negro se detuvo lentamente frente a ella.

La ventana bajó y dejó ver la tierna carita de Cereza.

Estaba sentada en el asiento trasero, con los ojos sonriendo en forma de media luna, y habló con su vocecita dulce.

—¡Zuly, súbete para que mi papá te lleve a tu casa!

Zulema se sorprendió y, por instinto, miró hacia el interior del vehículo.

Sebastián estaba recargado en el otro extremo del asiento trasero, con sus lentes de montura dorada. La cálida luz interior suavizaba un poco sus facciones, pero sus ojos mantenían esa profundidad indescifrable.

Al escuchar a Cereza, giró la cabeza y miró a Zulema, sin mostrar la menor intención de negarse.

Zulema se apresuró a agitar la mano.

—No es necesario, Cereza. Yo puedo regresar sola, aquí es muy fácil conseguir un taxi.

La carita de Cereza se entristeció de inmediato.

—No, tengo muchas cosas que contarte, ¿por favor, súbete?

Mientras lo decía, estiró su manita por la ventana para agarrar los dedos de Zulema.

Ella dudó por un momento, pero finalmente abrió la puerta y se sentó.

Apenas se acomodó, Cereza se apresuró a moverse hacia ella, metiéndose directamente en el espacio entre Zulema y Sebastián.

—¡Listo, arranca! —le gritó Cereza al chófer.

El vehículo se puso en marcha y se incorporó a la avenida principal.

Había un gran silencio en el interior. Cereza levantó la cara para mirar a Zulema, parpadeando con sus enormes ojos.

—Zuly, escuché a mi papá decir que a partir de ahora vendrás a jugar conmigo todas las semanas. ¿Es verdad?

Zulema hizo una pausa y miró de reojo a Sebastián; él estaba mirando la pantalla de su laptop, aparentemente trabajando, sin mostrar ninguna expresión en su perfil.

Zulema bajó un poco la voz para no molestarlo.

—Así es. ¿A ti te gustaría que fuera a jugar contigo?

—¡Claro que sí! —Cereza respondió sin pensarlo y se acurrucó directamente en los brazos de Zulema. Apoyó su cabecita en sus piernas y la miró desde abajo con una sonrisa radiante.

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