Zulema levantó la mirada y lo observó fijamente, con unos ojos limpios y directos.
—Te equivocas, cuñado. Nunca pensé que tuvieras otras intenciones.
Dicho esto, lo rodeó y caminó hacia la entrada del Instituto sin mirar atrás.
Alberto se quedó paralizado, observando cómo su silueta fría y distante se alejaba. Frustrado, se tiró del nudo de la corbata para aflojarse el cuello.
Suspiró. A los ojos de ella, él solo era su cuñado mayor; era normal que mantuviera esa actitud tan reservada.
Algún día, cuando recuperara su verdadera identidad y se presentara ante ella como Alberto Fajardo, estaba seguro de que ella se alegraría al conocer la verdad.
Ese pensamiento le dibujó una ligera sonrisa en los labios. Con mejor humor, subió a su auto y condujo rumbo a su empresa.
Zulema se sentó en su escritorio, encendió la computadora y creó un documento nuevo. En el título escribió: 'Material de demanda'.
Comenzó a redactar cronológicamente todo lo ocurrido la noche anterior. Desde que Yolanda la invitó a la cafetería, pasando por el jugo de naranja que bebió en el reservado, cómo Gonzalo y Yolanda la llevaron a rastras a la habitación del hotel, hasta el momento en que Sebastián derribó la puerta y la llevó al hospital.
No omitió ni un solo detalle.
Gonzalo ya había sido arrestado por la policía y esperaba el proceso legal en los separos. Ella no pensaba firmar ningún perdón legal. Se trataba de un intento de abuso comprobado; los hechos eran claros y las pruebas contundentes. No había margen para la compasión.
Lo que no esperaba era que, apenas iba a la mitad del documento, su celular comenzara a sonar.
El nombre de Yolanda parpadeaba en la pantalla. Zulema lo miró fijamente durante unos segundos. Sus ojos se volvieron de hielo antes de presionar el botón de contestar.

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