Zulema sintió que algo no cuadraba, aunque no sabría decir exactamente qué.
Ella y Yolanda eran amigas desde la escuela preparatoria. Con más de diez años de amistad, Zulema conocía perfectamente su personalidad: era extrovertida, leal y de buen corazón, aunque a veces actuaba de forma impulsiva.
Recordó una clase de educación física de aquellos años.
Ese día le había bajado la regla y el dolor de vientre era tan fuerte que se quedó en cuclillas, incapaz de levantarse. Se había manchado la ropa.
Ella ni siquiera se había dado cuenta cuando el chico de al lado la señaló riéndose. —Zulema, te manchaste el pantalón.
Varias chicas comenzaron a reírse también, mirándola con una burla dolorosa mientras susurraban entre ellas.
Se quedó en cuclillas, escondiendo el rostro entre los brazos. En ese instante, sintió que el mundo se le venía encima.
Las risas caían sobre ella como cuchillos. No podía levantarse ni quería levantar la mirada; la humillación era insoportable.
Entonces apareció Yolanda.
No supo de dónde salió, pero se paró frente a ella como si fuera un ángel irradiando luz.
—¡Si las mujeres no tuvieran la regla, ustedes ni siquiera existirían! ¿De qué se ríen? ¡Son todos unos ignorantes!
Las risas se apagaron de inmediato.
Yolanda se agachó, la tomó del brazo y le preguntó con preocupación: —¿Estás bien? Ven, te llevo a la enfermería.
Para ese momento, Zulema estaba pálida por el dolor y sudaba frío. Negó con la cabeza. —No puedo, no le he pedido permiso al profesor de educación física.
Yolanda hizo un gesto despectivo con la mano. —Qué importa eso, yo voy a hablar con él. Si te duele tanto, no puedes seguir en la clase.
Dicho eso, la ayudó a levantarse y la llevó apoyada en ella hasta la enfermería.
Después Yolanda fue a pedirle permiso al profesor y terminó ganándose un regaño. Pero a ella no le importó. Regresó sonriente, con un té de manzanilla en las manos, y se lo ofreció diciendo: —Tómate esto, mi mamá dice que es un santo remedio.

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