A la mañana siguiente, Zulema llegó temprano al Instituto Metropolitano de Ciencias.
Se sentía con energía. Llevaba un saco ligero color gris perla sobre una blusa de seda blanca, y el cabello recogido en una coleta baja que dejaba al descubierto su esbelto cuello.
Justo al llegar a la entrada, vio una camioneta negra estacionada en la calle. La puerta se abrió y Úrsula bajó del asiento del copiloto.
Zulema no detuvo su paso. Actuó como si no existieran y pasó por su lado con la mirada fija al frente.
Desde el asiento del conductor, Alberto se inclinó para decirle algo a Úrsula, pero de reojo notó a Zulema pasar.
Alberto frunció el ceño ligeramente. Sentía que algo en ella había cambiado.
Antes, cuando vivía con la familia Fajardo, siempre se detenía a saludarlo:
—Buenos días, cuñado.
Pero ahora pasaba de largo sin mediar palabra, como si él no le importara en absoluto.
No sabía cómo describir esa sensación, pero ese cambio le generaba una incomodidad irracional.
—¿Alberto?
La voz de Úrsula lo sacó de sus pensamientos. Ella seguía de pie junto a la puerta, inclinándose levemente hacia él, y la sonrisa en su rostro se había desvanecido un poco.
—¿Qué pasa? —Alberto apartó la mirada y le sonrió.
Úrsula apretó los labios y desvió la vista hacia la entrada del Instituto; Zulema ya había entrado.
—Últimamente pareces prestarle demasiada atención a Zulema —dijo ella, con un tono que mezclaba resentimiento y duda—. ¿Acaso te arrepientes? Porque si es así...
Hizo una pausa, tomando una decisión.
—Iré a hablar con ella.
Alberto extendió la mano y le acarició el cabello.
—Cómo crees.
—Ya prometí que cuidaría de ti en nombre de mi hermano y no me echaré atrás. Ve tranquila, Ursi. Pasaré a buscarte esta noche.
Úrsula dio un paso atrás. Alberto se despidió con la mano a través de la ventanilla y la camioneta negra dio la vuelta, desapareciendo en la esquina.
Úrsula vio el auto alejarse, pero la inquietud en su pecho no desapareció.
La forma en que Alberto miraba a Zulema... probablemente ni él mismo se daba cuenta, pero era una mirada cargada de emociones inexplicables.
Tenía que tantear el terreno con Zulema.
Úrsula se recompuso, respiró hondo y entró al Instituto.
En el pasillo, fuera de los laboratorios, la señora Julia estaba conversando con Zulema.
—En la gala de esta noche, tú representarás a nuestro Instituto.
Julia la miró con cierta preocupación.
—Hace tiempo que no asistes a ese tipo de eventos, ¿estarás bien?
Zulema sonrió con dulzura.
—No se preocupe, señora Julia. En los años que viví con los Fajardo, asistí a infinidad de esas galas. No la haré quedar mal.
La familia Fajardo no le había enseñado muchas cosas buenas, pero a lidiar con la alta sociedad, sí.
Julia negó con la cabeza.
—No tengo miedo de que me hagas quedar mal, me preocupa que te sientas incómoda. Ya sabes cómo son esos lugares, todos llevan una máscara. Tú eres una mujer muy directa, temo que la pases mal.
El corazón de Zulema se llenó de calidez.
—Si es por el bien del Instituto, no me costará nada.
Julia le dio unas palmaditas en el brazo y estaba a punto de añadir algo más, cuando de reojo notó que alguien se acercaba.

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