Zulema se quedó en silencio un momento. Hacía muchísimo tiempo que no escuchaba a Milagros hablarle con ese tono cariñoso y mimado. Probablemente tendría que remontarse a los días en que Alberto aún vivía con ellas.
—Mamá está ocupada con el trabajo —respondió Zulema, rechazando la petición.
Claramente, la respuesta no le gustó nada a Milagros. Elevó la voz, dejando notar su frustración y enojo por el rechazo.
—Mamá, deja de fingir, yo sé muy bien que no estás trabajando. Ven a jugar conmigo, quiero ir al parque de diversiones.
Zulema apretó ligeramente los nudillos alrededor del teléfono.
Milagros ignoraba que salía de casa todos los días a las siete de la mañana y volvía a las ocho de la noche. En la cabeza de la niña, su madre era simplemente alguien que debía estar a su disposición las veinticuatro horas: la podía ignorar cuando no la necesitaba, pero cuando quería algo, tenía que estar ahí sin falta.
—Mamá de verdad está ocupada, te acompañaré otro día —dijo Zulema, con la voz muy tranquila—. Si tantas ganas tienes de ir, dile al Tío Héctor que te acompañe.
Y tras decir eso, colgó la llamada.
Felipe estaba a punto de meterse un bocado a la boca. Al ver la expresión de Zulema, redujo la velocidad con la que masticaba.
—¿Era Milagros?
Zulema asintió y dejó el celular boca abajo sobre la mesa.
—Come, Felipe.
Mientras tanto, Milagros miraba la pantalla de la llamada finalizada, sumida en sus pensamientos.
Estaba tumbada boca abajo al borde de la enorme cama, balanceando las piernitas en el aire, e hizo un puchero de molestia.
En realidad, ya había llamado a su papá, pero él le dijo que estaba ocupado con el trabajo. Luego llamó a la señorita Ursi, quien le contestó que no tenía tiempo para acompañarla.

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