A las siete de la mañana del día siguiente, el celular vibró en la mesita de noche. Zulema seguía atrapada en un sueño, se despertó de golpe y frunció el ceño por inercia.
Contestó medio adormilada y la voz emocionada de Cereza le golpeó el tímpano.
—¡Zuly, ya te despertaste! ¡Yo ya estoy lista! ¿A qué hora pasas por mí?
Zulema miró la hora. Apenas eran las siete de la mañana, y el parque de diversiones abría a las diez.
Sonrió con cierta resignación, su voz aún ronca por el sueño.
—Cereza, espérame un ratito en tu casa, déjame arreglarme primero.
—Está bien. —La voz de Cereza bajó de tono por un segundo—. ¿A qué hora terminas? ¡Ya no aguanto las ganas de ir al parque contigo!
—A las nueve, a las nueve en punto paso por ti y primero vamos a desayunar.
—¡Súper!
Tras colgar, Zulema se quedó sentada al borde de la cama un par de minutos para despejarse y luego se levantó a lavarse la cara.
Su reflejo en el espejo le devolvió un cabello desordenado y unas ojeras tenues. Se había quedado revisando los datos del experimento hasta la una de la madrugada.
Se lavó la cara, se recogió el cabello en una coleta y se puso un abrigo azul claro. Se miró al espejo y consideró que se veía bien.
Justo cuando estaba por salir, con la mano ya en el picaporte, recordó algo y regresó a su habitación.
El reloj para Sebastián Ríos. Debió entregárselo ayer, pero la aparición de Clarissa arruinó su plan. Guardó la pequeña caja en su bolso, cerró el cierre y salió.
Apenas el taxi había cruzado un par de cuadras, entró una llamada de Felipe.
—Zuly, no olvides llegar temprano al Restaurante Altura en la tarde. Yo iré al aeropuerto por el Dr. Cisneros. Tú ten todo listo allá para que, apenas él llegue, empiece la comida. Vendrá cansado del viaje y seguro querrá comer, no lo hagamos esperar.
—Lo sé, Feli —respondió Zulema—. Ya hablé con el restaurante, van a empezar a preparar todo media hora antes de que lleguen.

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