Los ojos de Cereza se iluminaron de golpe.
—¿De verdad, Zuly?
—Claro que sí.
—¡Hecho! —Cereza asintió con fuerza y extendió el dedo meñique—. Prometido.
Zulema entrelazó su dedo con el de la niña y ambas sellaron la promesa juntando sus pulgares.
Cuando el auto se detuvo en la entrada de la escuela, ya había varios autobuses en el estacionamiento.
Cereza tomó la mano de Zulema y se abrió paso entre la multitud hasta encontrar el grupo de su clase.
La persona a cargo era una profesora de unos treinta años que estaba revisando una lista. Al ver a Cereza llegar de la mano de una mujer, frunció ligeramente el ceño.
—Cereza, ¿quién es esta persona que te acompaña? La maestra Gisela recuerda que tú no tienes mamá, ¿cierto?
Zulema arrugó la frente. La forma de hablar de esa profesora le resultaba muy incómoda; hacía preguntas cuya respuesta ya conocía, hurgando directamente en la herida de la niña.
Pero Cereza no parecía notar en absoluto la hostilidad de la maestra. Levantó el rostro con una gran sonrisa y dijo con voz clara:
—Ella es Zuly.
Al escuchar el nombre, la hostilidad irracional en el rostro de la maestra Gisela se disipó un poco. Sonrió y su tono se volvió más cortés.
—Ah, conque es Zuly. ¿Y por qué tu papá no vino hoy?
—Papá está enfermo.
Las cejas de la maestra Gisela volvieron a juntarse. Inclinándose un poco hacia adelante, preguntó con preocupación:
—¿De verdad? ¿Tu papá está enfermo? ¿Es grave?
Cereza negó con la cabeza.

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