¡Diablos!
Ella sonrió con amargura.
Justo cuando iba a abrir la cajuela...
¡Brum!
El tubo de escape del auto soltó una bocanada de humo caliente directo en su cara.
Para cuando terminó de limpiarse, el taxi ya iba huyendo a toda velocidad a la distancia.
¿Acaso había visto un fantasma?
Pero ella no estaba muerta.
Bajó la mirada y se observó. Llevaba puesto el vestido elegante que había usado el día de su boda, hace veinte días.
La tela estaba cubierta de mugre, manchas oscuras, lodo e inmundicia de insectos. Con razón el hombre había huido despavorido.
Siguió caminando hasta toparse con un hotel de cadena.
Levantó su maleta y subió los escalones con dificultad.
El guardia de seguridad bajó de un salto para cerrarle el paso.
—¡Oiga! ¡Oiga! ¡Lárguese de aquí!
Sofía levantó la cabeza. —Señor, tengo dinero. Solo quiero pagar una habitación, darme un baño y me voy.
Levantar la vista fue un error, pues el guardia pudo verle bien la cara.
Notó claramente el asco en los ojos del hombre, mirándola como si fuera una vagabunda.
Sin decir más, dio media vuelta y se alejó con su equipaje.
En esta vida, no causarle problemas a los demás es facilitarse las cosas a uno mismo.
Si no la dejaban entrar, ni modo.
Siguió caminando.
Las calles eran amplias.
Buscó por todos lados hasta que encontró una peluquería de mala muerte, donde la dueña dormitaba en un sofá.
Empujó la puerta y le explicó lo que necesitaba.
La dueña solo accedió a lavarle el cabello.
Sofía abrió su maleta, sacó todo el efectivo que tenía y le tendió un par de billetes grandes.
—Entonces lávate rápido —le exigió la mujer, abriendo la puerta de un cuartucho diminuto que servía de baño, y quedándose de guardia en la entrada para supervisarla.
—¡Dios santo! ¿Te estabas muriendo de hambre o vienes huyendo de alguna tragedia? Eres puro hueso, parece que te vas a desarmar.
Sofía se tallaba el cuerpo con fuerza, haciendo un sonido rasposo.
—No me voy a morir en su local, no se preocupe.
Tardó cuarenta y cinco minutos completos en bañarse, mientras la dueña murmuraba maldiciones.
Sofía le dio más dinero para comprar su silencio.
Ya con ropa limpia, revisó el contenido de su maleta.
Menos mal.
En la sala de ecografías, el especialista abrió los ojos de par en par al mirar la pantalla.
Se quedó con la boca abierta y las cejas por las nubes.
Parecía haber visto a un fantasma.
El médico saltó de su silla, tomó su bata y salió corriendo del consultorio.
Poco después, regresó acompañado de un médico mayor, con el rostro lleno de arrugas.
—Director Mora, veo cuatrillizos, por favor revíselo usted para confirmarlo.
¿Qué?
Sofía se incorporó de golpe en la camilla.
—¿Se equivocó, verdad? Casi muero de hambre, ¡es imposible que mi cuerpo haya retenido a cuatro bebés!
—Tranquila, no te alteres, recuéstate y déjame revisar —dijo el anciano, empujándola suavemente hacia abajo.
La examinaron durante media hora más.
Al recibir el reporte del ultrasonido...
Sofía rompió en llanto.
¡Eran demasiados!
Interrumpir el embarazo de cuatro embriones en su estado actual sería una sentencia de muerte en la mesa del quirófano.
Además, eran cuatro vidas... de solo pensarlo, se le hacía un nudo en la garganta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...