—Disculpen la molestia.
Con su frágil cuerpo temblando, retrocedió y les cedió el paso.
Su rostro, empapado por la lluvia, estaba helado. La mirada de Benito se clavó en esa expresión de puro frío.
Esa mirada hizo que a Sofía se le erizara la piel.
No estaba segura de si se estaba burlando de su estado tan miserable, pero así lo sintió, y la vergüenza fue tanta que quiso que la tierra se la tragara.
Entonces, escuchó a Benito suspirar: —Está lloviendo y ya casi es de noche. Sube, te llevaré a tu casa después de dejar al diseñador.
Ella se arrinconó contra la pared y se apoyó en ella.
—No, gracias.
Sabiendo que estaba completamente sola en Rosarito, ese "te llevaré a tu casa" no le dio ningún consuelo, solo le generó más angustia.
Rechazó la oferta de inmediato.
Justo después de que Benito se fue, salió el auto de Alberto.
Sofía no tenía intención de correr a pedirle ayuda.
Ya había aceptado la realidad: no volvería a hacerse ilusiones con Leandro Corona.
Se dio la vuelta para alejarse y poner fin a esa "patética persecución de su exmarido".
Pero, para su sorpresa, Alberto detuvo el coche y caminó hacia ella.
—Sofí, ¿qué haces aquí sola bajo la lluvia?
La voz de Alberto era tan cálida como siempre.
Sofía forzó una sonrisa. —Ya me iba, gracias por preocuparse, Alberto.
Como no podía contar con Leandro, decidió guardarse el verdadero motivo de su visita.
Alberto tampoco preguntó. Señaló el auto. —Sube, te llevo.
Sofía bajó la mirada. —No tengo a dónde ir.
—¡Ay, muchacha! No te preocupes, yo te pago un hotel.
Sofía se conmovió profundamente al ver que Alberto no dudaba en ayudarla en su peor momento.
Subió al auto y le pidió al conductor: —Por favor, déjeme en la Estación de Autobuses del Norte.
Alberto la miró con ternura. —¿A dónde vas?
—Al Monte Alicante.
—¿Y eso es...?
—La casa de mi abuelo.
—Oh, ya veo. Me parece bien, ve a ver a tu abuelo y recupérate.
Alberto empezó a buscar en sus bolsillos. Revisó su saco y sus pantalones hasta juntar unos 1200 en efectivo.
Sofía se negó a aceptarlos; en su maleta llevaba una tarjeta negra. Leandro le había prometido una fortuna con el divorcio. No le faltaba dinero.
A Alberto se le llenaron los ojos de lágrimas. —Sé valiente, mi niña. La próxima vez, busca a un buen hombre que te acompañe hasta el final.

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