Lo que hizo llorar a Isabel de miedo no fue que Cristina fuera abandonada.
Al fin y al cabo, Cristina era solo la hija de un chofer que, a base de intrigas, logró meterse en la cama de Arturo, parir un montón de hijas, vivir peleando por migajas y soportar el desprecio de los Corona.
Que se divorciara le causaba alegría a Isabel.
Si tras el divorcio la echaban de la mansión y se iba muy lejos, mejor aún. Así no interferiría en su vida con Leandro.
Lo que a Isabel realmente le aterraba era... que Sofía, encerrada en el centro de detención, lograra un giro milagroso.
Ese descabellado giro le daba pánico por dos razones:
Primero: Sofía tenía pruebas irrefutables. Si salían a la luz, ella, como futura nuera de la familia Corona, se vería arrastrada por el escándalo de Cristina. Podría sufrir acoso en redes sociales, su imagen se arruinaría y su carrera como estrella se iría al tacho.
Segundo: Sofía parecía tener el respaldo de una fuerza inmensa, una muy superior a la familia Corona, que ahora la protegía.
Solo de pensarlo, la angustia la consumía.
En ese momento, la voz suave de Leandro llegó a sus oídos.
—No tengas miedo.
Isabel lo miró con los ojos llorosos: —¡Leandro!
Él asintió, dulce pero firme: —Yo me encargo de todo.
Leandro alzó la voz para calmar a los presentes: —Tranquilos, yo lo solucionaré.
Tomó su celular y bajó la mirada a la pantalla.
Isabel, ansiosa, preguntó en un susurro: —¿Ya te contestaron?
Mientras se divertían en un club nocturno, habían recibido la llamada avisando del desastre.
Leandro había contactado de inmediato a sus conexiones en el gobierno.
La voz fría de Arturo interrumpió: —No te gastes. Cambiaron a todos los investigadores. El jefe de Rosarito en persona ordenó reabrir el caso.
—¿Qué? —Isabel se quedó boquiabierta.
¿Eso significaba que... estaban acabados?
Cristina había logrado encerrar a Sofía acusándola de un delito grave gracias a sus conexiones en Ciudad del Mar.
Pero Ciudad del Mar era solo una metrópolis más del país.

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