La red tenía un diseño cóncavo, como una barrera protectora, lo que aseguraba que al caer en ella no saliera rebotada.
Un par de guardaespaldas utilizaron herramientas para cortar la red y pinchar el cojín de aire amortiguador.
Con los obstáculos despejados, Sofía descendió a salvo.
Durante toda la caída libre por el abismo de cuarenta y nueve metros, hubo un equipo entero trabajando para asegurar su vida.
A punto de estrellarse contra el Estanque de las Almas Perdidas, a un par de metros de la superficie congelada, alguien la llamó a gritos.
—¡Sofía! —La voz temblaba, cargada de una emoción desbordante.
Era una voz tan... malditamente familiar.
—¡No tengas miedo, yo te atrapo!
Sofía miró hacia abajo. Sobre el hielo del estanque maldito había un cojín de rescate desplegado, y corriendo alrededor de él, enfundado en un traje rojo de emergencias, estaba Leandro Corona. Llevaba gafas puestas, miraba hacia el cielo y tenía los brazos extendidos en su dirección.
Nunca, ni en sus sueños más locos, se habría imaginado esto.
Ese canalla la había salvado.
Sin embargo...
¿Y qué importaba?
¡Podía salvarle la vida cien veces y aun así nunca lo perdonaría!
Seguramente Leandro tenía un plan calculado al milímetro; para evitar alertar a sus enemigos, no usó reflectores.
La única iluminación provenía de las linternas tácticas en los cascos de su equipo.
Sofía aterrizó con suavidad. Leandro se apresuró a desabrocharle el arnés de seguridad para sacarla de allí. Al no conocer el terreno y estar aturdida, ella simplemente se dejó guiar en silencio.
La mayor parte de los hombres de Leandro se quedó atrás para borrar las huellas y limpiar la escena.
Solo dos guardaespaldas los acompañaron en la huida.
Entre ambos cargaban una camilla improvisada sobre la cual iba sentada Sofía.
No había senderos en aquella sierra profunda, y las escasas rutas naturales estaban selladas por la nieve y el hielo.
Leandro iba al frente empuñando un machete táctico. Cortaba ramas secas, aplastaba arbustos muertos y destrozaba gruesas estalagmitas de hielo para abrirles paso.
Hacía un frío infernal.
Un frío que calaba hasta los huesos.
Sofía estaba inmóvil, paralizada por la hipotermia. Le castañeteaban los dientes sin control.
Leandro se detuvo y la miró. Ya se había quitado su grueso traje de rescate para abrigarla a ella.
Aun llevaba puesta una chaqueta de cuero. Sin pensarlo dos veces, tiró su herramienta al suelo y comenzó a desabrochársela a toda prisa.
Pero al dar un paso hacia Sofía, trastabilló de mala manera y terminó desplomándose contra el tronco de un árbol.
—¡Señor Corona! —exclamó uno de los guardaespaldas, soltando la camilla para correr a sostenerlo—. ¿Necesita que le dé su medicina?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...