—¿De qué estupideces estás hablando? —preguntó Sofía fríamente.
Benito seguía indignado. —¿Qué necesitas para abrir los ojos?
—¡Lárgate de aquí! —le exigió Sofía.
Los guardaespaldas comenzaron a empujar a Benito. —Si no te largas por las buenas, lo harás por las malas.
Los escoltas que Lorenzo había llevado desde Rosarito eran de su más absoluta confianza; todos medían más de un metro noventa. Benito, que apenas llegaba al metro ochenta, se encontró frente a tres muros humanos y tuvo que retroceder, lleno de rabia.
—¡Escúchame bien, Sofía! ¡El señor Corona está locamente enamorado de la señorita Isabel! La trata como a una reina. Llevo once años trabajando para él y jamás lo había visto tan entregado a una mujer.
—¡La señorita Isabel es la vida entera del señor Corona!
—¡Te aconsejo que te rindas! Por tu propio bien, deja de soñar con un hombre que no puedes tener y que, para colmo, te queda demasiado grande.
Los guardaespaldas ya lo habían empujado bastante lejos.
Aun así, Benito se puso de puntillas, estiró el cuello y siguió gritando: —¡Sofía, te lo digo por tu propio bien...!
Soltó toda esa perorata y Sofía ni siquiera se dignó a dirigirle otra mirada.
Benito estaba hirviendo de furia.
—¡Mujer estúpida! —gruñó al verse acorralado en una esquina, tan frustrado que golpeó la pared.
Salió por la puerta lateral y se reunió con los suegros de su jefe. La rabia seguía intacta.
Al escuchar toda la historia, los esposos Molina intercambiaron sonrisas llenas de desdén.
—Es una plebeya intentando alcanzar el cielo. A estas alturas, sigue obsesionada con Leandro.
—Tener el descaro de llamarlo 'Señor Corona' cuando es el futuro marido de mi hija...
—¿Acaso no conoce la vergüenza?
—Exacto. Si tuviera un poco de dignidad, hace tres años, cuando Leandro le pidió el divorcio en la noche de bodas y la mandó a volar, se habría marchado con la frente en alto y no habría vuelto jamás.
Los dos viejos se quejaron un rato más.
Luego, sacudieron la cabeza.
Basta ya.
No valía la pena malgastar energía en una mujer tan patética y corriente.
Con el humor arruinado, ya no tenían ganas de pasear por el jardín.
Sus equipos y médicos eran de primera categoría; su principal objetivo era mantener a los ricos felices y cómodos.
Si allí le habían dicho que estaba bien, entonces no había problema.
Sin embargo, Leandro seguía acostado, con un evidente rictus de dolor en el rostro. Se veía terrible.
Finalmente, el médico de guardia le recetó suero glucosado para que se lo administraran por vía intravenosa, como un "consuelo" para un paciente que se sentía muy mal aunque médicamente no tuviera nada.
Benito trasladó a Leandro a una silla de ruedas y lo llevó a la planta baja para que le pusieran el suero.
Por otro lado, Sofía ya había terminado su revisión médica y no tenía ninguna enfermedad.
Por supuesto, no le revisaron la cabeza porque no era prudente hacerle una tomografía de inmediato. El doctor no se lo indicó y ella tampoco lo mencionó.
Fuera de eso, todo su cuerpo estaba en orden.
Lorenzo seguía sumamente preocupado por ella y no dejaba de repetirle al médico los detalles... le explicó meticulosamente cómo había temblado doce veces mientras dormía en el auto...
El médico, mostrando empatía, le recetó suero glucosado.
Lorenzo tomó a Sofía de la mano y la llevó a la planta baja para que se lo administraran.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...