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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 220

—¿De qué estupideces estás hablando? —preguntó Sofía fríamente.

Benito seguía indignado. —¿Qué necesitas para abrir los ojos?

—¡Lárgate de aquí! —le exigió Sofía.

Los guardaespaldas comenzaron a empujar a Benito. —Si no te largas por las buenas, lo harás por las malas.

Los escoltas que Lorenzo había llevado desde Rosarito eran de su más absoluta confianza; todos medían más de un metro noventa. Benito, que apenas llegaba al metro ochenta, se encontró frente a tres muros humanos y tuvo que retroceder, lleno de rabia.

—¡Escúchame bien, Sofía! ¡El señor Corona está locamente enamorado de la señorita Isabel! La trata como a una reina. Llevo once años trabajando para él y jamás lo había visto tan entregado a una mujer.

—¡La señorita Isabel es la vida entera del señor Corona!

—¡Te aconsejo que te rindas! Por tu propio bien, deja de soñar con un hombre que no puedes tener y que, para colmo, te queda demasiado grande.

Los guardaespaldas ya lo habían empujado bastante lejos.

Aun así, Benito se puso de puntillas, estiró el cuello y siguió gritando: —¡Sofía, te lo digo por tu propio bien...!

Soltó toda esa perorata y Sofía ni siquiera se dignó a dirigirle otra mirada.

Benito estaba hirviendo de furia.

—¡Mujer estúpida! —gruñó al verse acorralado en una esquina, tan frustrado que golpeó la pared.

Salió por la puerta lateral y se reunió con los suegros de su jefe. La rabia seguía intacta.

Al escuchar toda la historia, los esposos Molina intercambiaron sonrisas llenas de desdén.

—Es una plebeya intentando alcanzar el cielo. A estas alturas, sigue obsesionada con Leandro.

—Tener el descaro de llamarlo 'Señor Corona' cuando es el futuro marido de mi hija...

—¿Acaso no conoce la vergüenza?

—Exacto. Si tuviera un poco de dignidad, hace tres años, cuando Leandro le pidió el divorcio en la noche de bodas y la mandó a volar, se habría marchado con la frente en alto y no habría vuelto jamás.

Los dos viejos se quejaron un rato más.

Luego, sacudieron la cabeza.

Basta ya.

No valía la pena malgastar energía en una mujer tan patética y corriente.

Con el humor arruinado, ya no tenían ganas de pasear por el jardín.

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