—Ahora entiendo a la perfección ese viejo refrán que dice "hoy estás arriba y mañana estás abajo"; en esta vida, nadie debería ser tan arrogante.
Porque nunca sabes cuándo la persona que menosprecias puede trepar hasta la cima y darte una lección.
Benito Mancilla, siempre fiel a su jefe, puso los ojos en blanco mientras miraba la espalda de Lorenzo, que ya se alejaba.
Luego, se volvió hacia los esposos Molina con una sonrisa de oreja a oreja.
—Felicidades, señor y señora Molina. Tienen una hija maravillosa y un yerno espectacular; el futuro de su familia brilla con luz propia.
—¡Jajaja! —El Señor Molina le palmeó el hombro—. Sigue haciendo un buen trabajo, nosotros sabremos recompensarte.
—Claro que sí —respondió Benito, reafirmando su lealtad—. Esta vez, mi jefe volvió a salir herido por culpa de Sofía, y la señorita Isabel se llevó un susto horrible; le juro que no dejaré que esa mujer se salga con la suya.
La Señora Molina, muy satisfecha, sonrió y lo invitó: —Acompáñanos a caminar un rato por el jardín.
El segundo piso estaba lleno de laboratorios médicos y la multitud los ahogaba; no se podía ni respirar.
Benito revisó rápidamente el progreso de los exámenes de Leandro.
Los resultados de la radiografía de tórax tardarían una hora, y en ese momento, los enfermeros lo estaban llevando a hacerse un ultrasonido abdominal.
Como Leandro había vomitado sangre dos veces en el último mes, debían revisar sus órganos internos.
Eran demasiadas pruebas y tardarían un buen rato en salir.
—Por supuesto, los acompaño —Benito escoltó a los suegros de su jefe escaleras abajo.
Para llegar al jardín, tenían que atravesar la zona D de las consultas externas en la planta baja y salir por una puerta lateral.
La zona D estaba justo al lado de las ventanillas de cobro y registro.
Frente a las ventanillas había varias hileras de sillas para los pacientes.
Benito, que caminaba observándolo todo, abrió los ojos de par en par.
¡Vaya, vaya! ¡Sofía Valdivia!
¡Perfecto! Justo cuando más la odiaba, el destino se la ponía en bandeja de plata.
—Esperen un momento, ahora regreso —gruñó Benito lleno de rabia.
Esa mujer era una verdadera pesadilla.
Los afilados ojos de los esposos Molina captaron rápidamente a quién se refería.
Sofía, la culpable de lastimarlos a todos.

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