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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 272

—¡No te atrevas a dar un paso más! —Selina lo agarró del brazo, gritando y llorando histérica—. ¡Aclárame lo que acabas de decir!

Iván se soltó de un tirón y salió corriendo del estudio.

Selina lo persiguió hasta la escalera.

El escándalo atrajo a la Señora y al Señor Quintana.

Los dos ancianos se quedaron en la planta baja, asomándose hacia arriba.

—¿Qué pasó? —preguntó la Señora Quintana.

Al ver que había llegado su salvación, Selina bajó corriendo las escaleras.

Con el rostro lleno de lágrimas, se aferró al brazo de su suegra y empezó a quejarse.

—Suegra, Iván me está tratando muy mal. Me engaña mientras estoy embarazada, él... ¡solo tiene a Sofía en la cabeza! Hace un momento... me humilló diciéndome que no le llego ni a los talones a esa mujer, buaa...

Dicen que la suegra es la columna vertebral de un matrimonio.

Por muy patán que sea el marido, si hay una buena suegra que imparta justicia, la paz familiar puede mantenerse.

Selina apoyó la cabeza en el hombro de la Señora Quintana.

Esperaba que la defendiera.

La Señora Quintana inclinó la cabeza, chasqueó la lengua y dijo: —Selina, en ese aspecto, de verdad te estás portando mal.

—¿Q-qué? —Selina no podía creer lo que oía.

Con el rostro rojo de indignación, levantó la cabeza y se separó de un salto de su suegra.

La Señora Quintana la miró con dureza y empezó a regañarla.

—Iván tiene razón, tú no te comparas en nada con Sofía.

—Desde que quedaste embarazada, te la pasas tirada en la casa sin hacer nada. Hay que ir a rogarte a tu cuarto para que bajes a comer, y cuando terminas, ni siquiera eres capaz de recoger tus cubiertos.

—Hasta para que te laven los pies llamas a Iván.

—Y para lavar tu ropa íntima, también llamas a Iván.

—Pareciera que por estar embarazada te hubieras quedado inválida y no pudieras valerte por ti misma.

No convenía ofenderla demasiado.

Si podía brindarle apoyo económico a Iván, entonces se consideraría que estaba aportando a la familia.

Las niñas ricas no sabían hacer tareas domésticas y eran perezosas, así que podía tratarla como a una princesa de cristal.

La Señora Quintana tomó la mano de Selina y suavizó su tono para calmarla.

—Tienes que controlar ese carácter, mi niña, y dejar de competir todo el tiempo con Sofía.

—Sofía, es cierto, es una mujer increíble.

—Cuando se embarazó por primera vez, esperaba cuatrillizos. A los tres meses tenía un vientre más grande que una olla tamalera, pero no dejaba de preparar el desayuno, hacer sus remedios, ir a trabajar, poner acupuntura y recetar a sus pacientes. No descuidó absolutamente nada.

—Ella se encargaba de todo, dentro y fuera de la casa. Podía ganar dinero y, al mismo tiempo, cuidarnos a todos.

—En aquel entonces, dos de sus bebés no se desarrollaron bien y tuvo que someterse a una cirugía, pero solo descansó una semana antes de volver a trabajar.

—No culpes a Iván por alabarla. Esa mujer estuvo trabajando hasta el mismo día que dio a luz.

—Cobró su sueldo de ese día, se bajó los pantalones al salir y ella misma recibió al bebé; no gastó ni un centavo y no molestó a nadie. No gastó ni un centavo y no molestó a nadie.

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