Pero no dijo esas palabras en voz alta.
Karina Vega era una chica de costumbres tradicionales; necesitaba a alguien en quien apoyarse, y el matrimonio era la mejor vía para lograrlo.
Sus padres se habían divorciado cuando ella era muy pequeña. Su padre tenía un carácter explosivo y la violencia doméstica era el pan de cada día.
Una vez, golpeó a su madre en la cabeza tan fuerte que estuvo en coma durante tres días. Al despertar, ella lo demandó, y tuvo que soportar más de dos años de un auténtico infierno legal para conseguir el divorcio.
En aquel entonces, la familia del marido peleó por la custodia de las niñas.
La madre no tuvo más remedio que dejar a la mayor, Camila Vega, con ellos y llevarse a la pequeña Karina.
Cuando su madre volvió a casarse, su nuevo esposo resultó ser un buen hombre, que le entregaba todo su sueldo sin chistar.
Al tener por fin una fuente de ingresos estable, la madre compraba ropa nueva, útiles escolares y golosinas, y viajaba cientos de kilómetros en un destartalado autobús de segunda clase para ir a ver a su hija mayor, Camila.
Sin embargo, la familia de su exmarido la recibía arrojándole el agua sucia de fregar los platos, insultándola a gritos y acusándola de haberse largado con otro hombre por capricho, abandonando su hogar y a sus hijas.
No solo le prohibían ver a la niña, sino que además le llenaban la cabeza de mentiras y veneno.
Todo esto provocó que Camila, desde los siete años, creciera odiando profundamente a su propia madre.
Camila creció consumida por el odio hacia su madre, el resentimiento por la inutilidad de su padre y la maldad de sus abuelos. Se crio como la maleza: salvaje, hermosa y astuta. Logró ser admitida en la Academia de Cine, pero debido a su personalidad retorcida y su tendencia a resolverlo todo con violencia, terminó quitándose la vida lanzándose de un edificio cuando tenía seis meses de embarazo.
Karina no se enteró de la muerte de su hermana hasta varios años después.
La epilepsia de su madre se agravó con la edad, una secuela de aquella lesión cerebral causada por los golpes de su exmarido.
En su lecho de muerte, no podía dejar de pensar en su hija mayor, Camila.
Fue por su madre que Karina decidió ir a buscar a su hermana.
Viajó al pueblo natal de su padre, y solo entonces se enteró de la tragedia de Camila y Samuel Solis.
La familia de su padre ni siquiera le permitió cruzar la puerta. Sus abuelos le gritaron que era una cualquiera, igual que su madre, y la joven esposa de su padre soltó a un enorme perro negro que se le abalanzó y le arrancó un trozo de carne de la pierna...
Ahora, la madre de Karina había fallecido, y su hermana también.
Su padre biológico tomó los diez millones que Samuel Solis pagó como compensación por la muerte de Camila, y se casó con una mujercita de veintiún años. Los abuelos paternos la habían desheredado por completo.
Su único familiar en este mundo era su padre adoptivo, un hombre mayor que vivía cultivando la tierra en un recóndito y polvoriento pueblecito en las montañas, a miles de kilómetros de distancia.

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