Leandro apartó suavemente la manita de su boca.
—Papá tiene una reunión muy importante hoy, no tengo tiempo para perder.
—Pero... ¡buuuahhh! —Valentina rompió en un llanto lleno de frustración.
A Leandro se le encogió el corazón de nuevo.
La abrazó con fuerza y le dio palmaditas en la espalda para consolarla.
—No llores, no llores, papá se equivocó. Fue mi culpa.
—¡Quiero que los gemelos me pidan perdón! ¡Vamos a esperar a que lo hagan!
—¿Ana no acaba de llamar a su papá? Esperemos a que venga, quiero preguntarle a su tutor cómo diablos está educando a sus hijos.
Valentina levantó la cabeza y frunció los labios.
—Si Ana tiene papá, quiero que su papá también me pida perdón.
—Por supuesto. Es culpa del padre si los hijos no tienen educación. Si te lastimaron, es justo que asuma la responsabilidad.
—Así se habla. —Valentina se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
Luego, miró a Ana con aire de triunfo y los labios apretados.
—Ana, si de verdad logras traer a tu papá, ¡mi papá le dará una lección a él también!
Con el rostro rojo por la emoción, añadió algo más.
—¡Y también quiero que tu mamá pida perdón! Toda su familia me debe una disculpa. La maestra dice que detrás de un niño maleducado hay padres maleducados, así que el problema de tus padres debe ser muy grave.
Apenas terminó de hablar, una figura imponente salió por las puertas del salón de banquetes principal.
Sus pasos eran firmes y llenos de fuerza.
Cuando Ana se giró, el rostro de Lorenzo Lira llenó su campo de visión. Levantó los bracitos de inmediato.
Lorenzo la tomó en brazos.
—¿Qué pasó, mi cielo?
Ana giró la cabeza y señaló a Leandro y Valentina.
—Esa es Valentina y su tío político... que también es su papá. Se llama Leandro Corona y es un hombre muy malo. Nos quería golpear a mí y a Sebas.
En ese momento, Leandro, que acababa de ser señalado, cruzó la mirada con Lorenzo. Su rostro se paralizó.
Se quedó plantado allí, frío y perplejo.

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