Sofía se quedó sin palabras.
—¿Se puede saber de qué tamaño tienen la cara para atreverse a seguir molestándome? ¿No fue suficiente la humillación que les dio Lorenzo en el estacionamiento?
Cualquier persona normal y con un mínimo de dignidad no habría vuelto a buscar problemas.
Yanina seguía con su actitud desafiante.
—¡Isa es mi mejor amiga y también mi cuñada! ¡Si tú le hiciste daño, te juro que no te dejaré en paz!
Oh...
Ahora entendía todo.
Lo que había pasado Isabel Molina últimamente era, sin duda, digno de una tragedia.
Primero, Leandro Corona había tenido un accidente de auto y se había quedado ciego. Leandro era la vida entera de Isabel, por lo que seguramente ella debía estar destrozada por el dolor.
Además, la señora Solis le había dado la espalda.
Ella había sido su mayor respaldo en Rosarito.
Con su caída, dada la personalidad dramática de Isabel, debía estar ahogándose en lágrimas.
Sofía soltó una carcajada.
—Isabel está cosechando lo que sembró, ¿qué tengo yo que ver con eso?
Levantó el dedo para callar a la señora Molina, que ya abría la boca para replicar.
—¡No me vengan con amenazas baratas! ¡Ustedes no pueden tocarme ni un solo cabello! Si vuelvo al salón e invito a salir a mis suegros, ustedes van a terminar...
—Sofi, ¿por qué no vienes a comer un poco de fruta? —la interrumpió la voz de Susana Yáñez desde el interior.
Al escuchar la voz, la señora Molina empujó a Yanina por el hombro, dio media vuelta y salió corriendo a toda velocidad.
Con su brazo enyesado colgando de un cabestrillo blanco, un vestido elegante hasta los tobillos que se había puesto para impresionar esa noche, y unos tacones de ocho centímetros, intentó correr demasiado rápido. Se pisó el dobladillo del vestido.
¡Crash!
Cayó de bruces justo frente a la puerta del ascensor.
¡¡Ahhh!!
Un grito espeluznante rompió el silencio. La señora Molina intentó levantar la cabeza y descubrió que le sangraba la frente; un hilo rojo y espeso le escurría hasta el ojo.
—¡Ayuda... por favor, ayuda! —sollozó Yanina, muerta de miedo.
—¡Papá... ayúdanos!
—¡Adán...!

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