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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 456

¡Qué satisfacción!

El éxito arrollador que había tenido ese día le demostró el inmenso atractivo que poseía como mujer.

Al fin había logrado expulsar ese nudo de resentimiento que llevaba guardado tanto tiempo en el pecho.

Al ver a Lucas marcharse con un rostro lleno de melancolía, Ximena curvó los labios pintados de rojo en una sonrisa.

«La venganza sabe dulce, ¿verdad?», dijo Isabel, chocando su copa contra la de ella.

«Así es».

«¡Salud! ¡Por tu feliz divorcio, amiga!».

Bajo el liderazgo de Isabel, la mesa llena de mujeres empezó a brindar.

Selina Huerta suspiró de forma dramática. «Acabo de ver a Lucas salir súper deprimido. Se nota que de verdad te ama, Ximena».

«Eso no es amor. Toda su vida ha vivido a la sombra de su hermano mayor, siendo un tipo cualquiera. Y hoy, al ver cómo Ximena se robó el espectáculo y conquistó a una legión de hombres exitosos, le entró el pánico de quedarse fuera de la jugada. Por eso vino a rogarle con esa actitud patética. Si Ximena se divorcia, él pierde su mayor tesoro. No llora por amor, llora porque se da cuenta de que ya no hay vuelta atrás y no puede reparar su error», opinó Isabel, adoptando un tono de supuesta experta en relaciones.

Ximena asintió, dándole toda la razón:

«Es verdad. Cuando volví a casa de mis padres, él fue a pedirme perdón con una actitud súper fría y racional. No mostró ni un poco de miedo de perderme. Pero esta noche, en cambio, estaba muerto de pánico; claramente le dio justo en el orgullo».

Selina pareció entenderlo todo. «Entonces ni se te ocurra darle otra oportunidad a Lucas. No vale la pena».

Isabel añadió: «Cualquiera que elijas será mil veces mejor que él».

La noche fue un éxito total. Farmacéutica Amoris había triunfado en su primer gran movimiento y estaba en boca de todo internet.

Isabel bebió tanto que casi no podía mantenerse sentada, así que le pidió a su asistente que la llevara a casa.

Una vez en la camioneta, el teléfono comenzó a sonar.

Isabel abrió los ojos de golpe. «Rápido, rápido... abre mi bolso y pásame el celular».

Seguro que Leandro Corona estaba loco de preocupación por ella.

Había salido antes del amanecer y no había parado de trabajar hasta ahora, a las dos de la madrugada.

La asistente sacó el teléfono, echó un vistazo a la pantalla y le susurró con suavidad: «No es el señor Corona».

Isabel se dejó caer de nuevo en el asiento, exhausta.

Agitó la mano, indicando que no la molestaran.

La asistente añadió con un hilo de voz: «Es la señora Cristina Montero».

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