Aquel encuentro con Sofía Valdivia terminó por quebrar a Leandro Corona.
Regresó al hospital y se durmió.
Desde la tarde hasta el anochecer, pasaron cuatro o cinco horas en las que estuvo tumbado bocarriba, rígido como un cadáver.
—Leandro, es hora de cenar —dijo Benito Mancilla, apartándole las sábanas.
—No tengo hambre —Leandro usó el empeine para jalar la cobija y volver a taparse.
—¿Qué te pasa? ¿A quién fuiste a ver esta tarde? Estás muy deprimido.
La puerta de la habitación crujió.
Entraron dos personas vestidas de enfermeras.
—Disculpen la molestia, necesitamos sacarle un poco de sangre. Es un chequeo de rutina antes de la cirugía.
Una vez que una persona ingresa a un hospital, es inevitable que le hagan chequeos de pies a cabeza.
Los pacientes habituales ya estaban acostumbrados.
Leandro colaboró sin decir una palabra.
La enfermera le sacó sangre periférica, llenando dos tubos.
Al retirar la aguja, le tembló la mano y una gran gota de sangre resbaló por su piel.
La mujer se apresuró a presionar el pinchazo con un algodón, pero debido al temblor, presionó en el lugar equivocado.
En cuanto las dos enfermeras cruzaron la puerta, Benito Mancilla entrecerró los ojos. —Algo anda mal.
—Ve a revisar —ordenó Leandro.
Benito salió a paso rápido.
Las dos enfermeras estaban esperando el ascensor al final del pasillo.
—¡Zacarías Pardo!
—¡Presente!
Zacarías, que estaba cenando en la sala contigua, dejó rápidamente su comida y corrió a recibir órdenes.
—Sigue a esas dos. Lleva a un compañero; que él vigile el ascensor del primer piso y tú ve al estacionamiento del segundo sótano.
—¡Sí, señor!
Una hora después, llegó una noticia impactante.
Isabel Molina había sobornado a una agencia privada de pruebas de paternidad. Esas dos falsas enfermeras eran empleadas de la agencia, enviadas específicamente para recolectar una muestra de sangre de Leandro.
A Benito Mancilla casi se le cae la mandíbula de la impresión.
—Que Isa haga algo así... ¿con qué propósito?

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