—¡LÁRGATE! —Su rugido hizo temblar el techo.
Benito bajó la cabeza y retrocedió, saliendo de la habitación.
En ese espacio delimitado por cuatro paredes blancas, Leandro se quedó sentado en la cabecera, apoyando la espalda en la pared.
Sentía como si sus entrañas se estuvieran desgarrando.
Su sangre bullía con fuerza desenfrenada.
Respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba violentamente ante su propia mirada.
Volvió a mirar el papel.
Sus diez dedos temblaban sin control mientras alisaba la prueba de paternidad, tratando torpemente de desarrugar el papel.
Lo leyó una vez más. Los resultados estaban volviéndolo completamente loco.
Lanzó un manotazo y el documento salió volando por los aires.
De inmediato, intentó atraparlo presa del pánico.
Lanzó sus brazos hacia el frente y todo su cuerpo se abalanzó tras él, terminando por caer de la cama de bruces.
Los anteojos chocaron contra el suelo, provocándole un intenso dolor en el tabique.
Una enfermera entró empujando un carrito y se sobresaltó: —¡Dios mío! ¡Señor Corona!
—Mis lentes...
Pff...
Leandro se palpó torpemente la nariz, se quitó el marco vacío de los lentes y lo tiró en la cama.
—Lo siento. Se rompieron, te los pagaré.
La enfermera se tapó la boca para contener la risa. —No se preocupe... no pasa nada...
La manera tan patética en que había caído le daría tema de burla a todo el piso del hospital por semanas.
Él lo sabía muy bien.
Apoyó un codo en la cama y, sintiendo que la espalda se le partía, intentó incorporarse poco a poco.
—Cuidado, Señor Corona —dijo la enfermera, intentando ayudarlo.
Leandro le apartó el brazo de un tirón. —No es necesario.
La enfermera caminó hacia los pies de la cama para recoger los papeles esparcidos por el suelo.
Apenas estaba por tocarlos.
Leandro rugió, histérico: —¡NO TOQUES MIS COSAS!
La joven dio un brinco del susto y retiró la mano rápidamente.


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