Leandro sintió que se asfixiaba al ver el video.
Hizo una videollamada de inmediato.
Cuando la pantalla se conectó, apuntó a su monitor exigiendo respuestas: —¡¿Quiénes son este par de ancianos desgraciados?!
Iván respondió ofendido: —Son mis padres. Te exijo más respeto.
No iba a tolerar que nadie hablara mal de sus padres.
Desde que tenía seis años, su madre le había inculcado: «Te estamos criando con mucho esfuerzo, dejamos nuestro pueblo para venir a trabajar a la ciudad, pasamos hambre, me duele gastar un peso en comprarme un panecillo. Aguantamos injusticias, cansancio y malos tratos, todo por ti. Cuando crezcas, más te vale recompensarnos».
Y en cuanto a ser un buen hijo, Iván siempre había cumplido al pie de la letra.
Leandro rugió indignado: —¿Sofía estaba con semejante embarazo atendiéndolos a todos, y ustedes no tienen un gramo de consciencia? ¿No tienen alma?
En ese momento, el rostro de una mujer mayor apareció en la pantalla.
Era exactamente la Señora Quintana, la anciana que Sofía atendía en el video de seguridad.
La propia madre de Iván.
—¿Qué tanto gritas? —La Señora Quintana saltó a defender a su hijo con furia—. Tú qué vas a saber. Está embarazada, sí, ¿pero no piensas en cuántas bocas tiene que alimentar? ¡Come por varias personas! ¿Sabes cuánto arroz gasta? ¿Cuánto aceite consume mi familia por su culpa? Si no es útil en la casa, ¿acaso querías que la mantuviéramos gratis?
Los ojos de Leandro se llenaron de lágrimas.
Si Sofía no hacía las labores domésticas, no le daban de comer. Pasaba hambre.
Y los cuatro bebés en su vientre, también pasaban hambre junto con su madre.
¿Esa era la lógica de estos monstruos?
¡Pero si las habilidades médicas de Sofía superaban por mucho a las de Iván! Ella era el pilar que sostenía la Clínica Serenidad. ¡No estaba comiendo gratis!
Leandro le contestó a la Señora Quintana: —Por todo lo que Sofía le aportó a esa clínica, aunque no moviera un dedo en su casa, ustedes no tenían ningún derecho a tratarla como a una sirvienta.
La anciana oscureció el gesto y contraatacó: —¿Qué importa lo que haya aportado a la clínica? ¡Nuestra familia le salvó la vida! Si no fuera por los Quintana, ¡Sofía y sus bastardos estarían muertos!
Esa misma mañana, la Señora Quintana solo había pasado por la clínica para ver cómo iba el negocio, y se encontró con que alguien estaba insultando a su hijo.
Sofía solo les preparaba el desayuno a la familia.
¿Qué tenía eso de malo?
Ellos le habían dado a Sofía un hogar, el mayor favor del mundo. Que ella devolviera ese gesto haciendo tareas básicas era lo mínimo que se esperaba de ella.
Y, sin embargo, ahora interrogaban a Iván como si fuera un delincuente.
La Señora Quintana no iba a tragar veneno.
Alzó la voz, decidida a pelear.


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