El video había sido editado.
El tiempo en la cámara de seguridad marcaba las tres y media de la madrugada.
La joven enfermera gritó alarmada: —¡Doctora Valdivia, puje ya! El ritmo cardíaco del feto está bajando, el bebé se está quedando sin oxígeno.
En ese momento, la voz de Sofía Valdivia era apenas un susurro agónico.
—No... no puedo más...
—¡Resista!
—...
—¡Fuerza, usted puede!
—...
La enfermera volvió a gritar: —¡Doctora Valdivia! La frecuencia cardíaca bajó a 95. Si no nace ya, el bebé no sobrevivirá.
De pronto, se escuchó el grito horrorizado de Celeste: —¡Sofi! ¿Por qué te estás sentando?
Un grito desgarrador.
Un llanto débil, como el maullido de un gatito enfermo.
La enfermera exclamó atónita: —¡Dios mío! ¡Doctora Valdivia, usted misma sacó al bebé!
Todo se volvió un caos absoluto.
—¡Sofi, no te puedes morir! ¡Abre los ojos, por favor, mírala! Tuviste una niña, tiene hoyuelos como tú, es hermosa. ¡Ya tienes a tus dos hijos! ¡Despierta! —lloraba Celeste desconsolada.
—¿A qué vienen tantos gritos? Ya nacieron, ¿no deberían estar felices? —rezongó la Señora Quintana, que acababa de llegar junto a Iván Quintana.
La enfermera se apresuró a explicar: —El parto de la Doctora Valdivia fue demasiado largo, y al ser gemelos, se desmayó del agotamiento. Tenemos miedo por su estado.
La Señora Quintana bufó con desprecio: —Qué cuerpo tan inútil. Nunca he escuchado que alguien se muera de cansancio por parir.
Celeste sostenía a la niña en brazos.
El niño estaba en una pequeña cuna.
Desde el fondo de las cobijas arrugadas, se escuchaban llantos intermitentes y muy débiles.
Celeste llamó a Iván Quintana: —Ven a cargar al niño, acaba de nacer, es muy pequeño y pesa poquísimo. Revísalo, fíjate si tiene algún problema médico.
Iván apartó la cortina divisoria y entró.
Pero cuando salió, a quien llevaba en brazos era a Sofía.

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