Francisco Rivas había traído regalos para todos.
Le obsequió a Sofía y a la tía Celeste un par de hermosas pulseras de plata elaboradas por artesanos locales, un detalle con gran valor cultural.
Para Sebastián y Ana, trajo pequeños pandas de juguete que daban volteretas.
Los adorables pandas tenían biberones colgando de sus pancitas regordetas.
A Ana le fascinó.
No quería ni poner a su pandita en el suelo para que diera volteretas; prefería mantenerlo apretado contra su pecho.
Francisco los invitó a todos a cenar.
Miró a Sofía con una sonrisa cálida y preguntó: —Sofi, has tenido un día muy pesado, ¿qué te gustaría cenar?
—Cualquier cosa está bien —respondió ella devolviéndole la sonrisa.
Francisco tenía un aura de buen muchacho, de esos que parecen incapaces de matar una mosca. Sofía se sintió muy cómoda y no tuvo ningún reparo con él.
Francisco los llevó a un restaurante para degustar la famosa Cazuela de Pescado en Caldo Dorado.
Se trataba de un manjar tradicional de la zona.
El caldo, preparado con una receta secreta, acompañaba cortes de róbalo fresco recién pescado en el Río Clarín. La carne del pescado era blanca, translúcida y no tenía ni una sola espina.
Tan pronto como sirvieron la comida, Francisco se puso de pie.
Se inclinó sobre la mesa para cocinar los trozos de pescado para todos.
—Sebas, asegúrate de soplar antes de comer, cuidado que está muy caliente —le recomendó con una sonrisa.
Luego se inclinó para prepararle una salsa especial a Sofía.
—Kari me comentó que aguantas muy bien el picante.
Agregó unas cuantas rodajas de chile habanero al aceite de sésamo.
A Sofía le brillaron los ojos. —Así es.
Francisco tomó una cucharada de cilantro cimarrón picado. —¿Te gusta esto?
Nunca lo había visto.
Francisco le acercó la cuchara para que oliera. —Tiene un aroma muy particular. Si te parece que huele bien, te encantará. Pero si sientes que huele como si estuvieras parada frente a una pescadería, mejor no te lo pongo.
Jajajajaja...
Todos soltaron una carcajada que resonó en la mesa.
Mientras tanto, escondido en las sombras, el Asistente Quiroga grababa todo. Apagó la cámara de su teléfono y salió corriendo hacia la habitación de Hernán.
—¿Ese es su supuesto novio?
Hernán echó un vistazo rápido al video, sin despegar las manos del teclado; aún no terminaba su partida.
Entrecerró los ojos y lo evaluó minuciosamente...
Ese hombre que Karina había elegido no era más que un pobretón sin gracia. Comparado con él, el heredero de la familia Salinas, no le llegaba ni a los talones.
Karina no era ni tonta ni ciega. Jamás renunciaría a un partido de oro como él para comprometerse con un perdedor.
La conclusión era obvia: Karina estaba haciendo todo eso para darle celos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA