Cinco y media de la madrugada.
La fría noche era tan oscura como la tinta.
Ferrer se encogió bajo la ventana para espiar.
Bajo la pálida y débil luz, el guardia de seguridad que estaba de turno sostenía el largo látigo. —Joven Lira, la segunda ronda de castigo está por comenzar.
Lorenzo alzó levemente la mirada. —Adelante.
¡Zasss!
El látigo de cuero negro cayó con fuerza. Los músculos de su espalda se contrajeron bruscamente y luego se hundieron por el impacto.
La espalda de Lorenzo estaba marcada con líneas horizontales, verticales, diagonales...
Estaba cubierto de heridas.
La sangre se filtraba a través de las grietas de su camisa destrozada, extendiendo manchas carmesíes por los bordes de los cortes.
El contraste era espeluznante: la camisa blanca como la nieve y la sangre roja brillante.
Esa mezcla de rojo y blanco formaba una visión aterradora.
Allí seguía, arrodillado, cargando en su espalda una red de brutales y sangrientas marcas.
—Jefe... —Ferrer golpeó el cristal de la ventana, ya sin importarle si Ricardo Lira lo descubría y lo castigaba.
—¿Le traigo ropa limpia para que se cambie?
Lorenzo seguía con la espalda recta como una tabla y respondió con voz ronca: —Ve a llamar por teléfono a Celeste.
—¿Para qué?
—Pídele que vaya a revisar cómo está Sofía.
¿En este estado y todavía tenía fuerzas para preocuparse por ella?
—Jefe, primero asegurémonos de que usted no se muera.
—Te dije que vayas, obedece —el pecho de Lorenzo subió y bajó—. Hace un momento, cerré los ojos un segundo y soñé que Sofía se había quedado dormida con una mascarilla facial puesta.
—Oh...
Ferrer se deslizó desde el alféizar de la ventana.
Sofía solía dormir temprano y tenía un sueño muy profundo. A veces, simplemente se quedaba dormida con la mascarilla en el rostro.
Una vez, la mascarilla se secó por completo sobre su piel.
Al día siguiente, amaneció con el rostro enrojecido e irritado.
Esa mañana, Lorenzo la estuvo esperando para desayunar, pero ella no bajaba.
Subió a ver qué pasaba y tuvo que mimarla un buen rato para consolarla.
Desde aquel día, si Lorenzo tenía una cena de negocios y llegaba tarde, siempre entraba a la habitación de Sofía para revisarla. Si veía que se le había olvidado quitarse la mascarilla, él mismo se la retiraba con cuidado y le aplicaba crema hidratante para evitar que su piel sufriera daños que arruinaran su estado de ánimo.
Ferrer se demoró dando vueltas hasta que dieron las seis de la mañana. A esa hora, Celeste ya estaba despierta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...