Con las yemas de los dedos, Benjamín trazó palabras disimuladamente sobre el dorso de la mano de Fabiola: *Te extraño*.
Al cruzar miradas, sus ojos transmitían un amor profundo.
Luego, volvió a escribir sobre su piel: *En un rato, vamos a mi cuarto...*
Las mejillas de Fabiola se tiñeron de un rojo intenso, y Benjamín apretó su mano con fuerza.
Normalmente, estaba tapado de trabajo y le quedaba muy poco tiempo para los romances.
Además, Fabiola seguía en la universidad y su familia era muy estricta con ella.
Encontrar momentos a solas para estar en la intimidad era casi un milagro.
Por eso, los instantes libres como los de hoy valían oro.
Benjamín y Fabiola estaban completamente embelesados el uno con el otro.
Una vez que los Miramontes entraron, la atención de Benjamín se dispersó. Apenas le dedicó un vistazo de reojo a Cecilia, notando su vestido deslumbrante, pero no le dio mayor importancia.
—¿Y tu madre? ¿Dónde está Josefina? —preguntó la señora Miramontes.
—Eh... bueno...
Decirles que Josefina estaba enferma se le atragantó a Benjamín.
Para no poder estar en la cena de Fin de Año, tendría que ser una enfermedad terminal.
Josefina era su madre, y por muy enojado que estuviera, un hijo no debía maldecir a su propia madre.
Doña Salinas intervino de inmediato para salvar la situación:
—Josefina se enfermó de repente y está recibiendo tratamiento fuera de la ciudad.
Al escuchar eso, toda la familia Miramontes se tensó.
—¿Una enfermedad repentina? ¿Es grave?
—Debe ser delicado para no estar aquí. ¿En qué hospital está?
—Deberíamos ir a visitarla...
—No se preocupen, ya contratamos a los mejores especialistas para que la cuiden —doña Salinas fingió toser y se llevó un pañuelo a los labios.
Los Miramontes genuinamente apreciaban a Josefina.
La preocupación era evidente en sus rostros.
Para desviar la atención y centrarse en la boda, doña Salinas hizo una seña llamando a Cecilia.
La mujer se acercó contoneándose con su deslumbrante vestido.
El resplandor de las lentejuelas casi cegó a la señora Miramontes.
Al voltear a ver a su familia, notó que el padre de Fabiola también fruncía el ceño, observando la escena con expresión calculadora.
Doña Salinas la presentó con orgullo:
—Ella es una amiga muy íntima del difunto Fernando Salinas. Fueron muy unidos. Se llama Cecilia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...