¡Plaf!
El golpe le giró el rostro a Leandro Corona.
Al ver cómo su cabello se desordenaba por el impacto y caía sin forma, a Sofía se le cortó la respiración por un segundo.
Se le había pasado la mano.
Claro que Leandro merecía que lo golpearan; el daño que le había hecho era como una herida podrida que nunca sanaba, que seguía frotándose contra ella, causándole dolor y humillación constante. Todos los que la conocían usaban esa herida para burlarse o atacarla.
Por culpa de Leandro, ella estaba sufriendo un trato injusto e inmerecido.
Sin embargo, desquitar toda la frustración del día en la cara de Leandro tampoco estaba bien.
Un hombre como él, nacido en la riqueza, arrogante y todopoderoso, seguramente se la devolvería con dos bofetadas, ¿no?
Y, en efecto, él se abalanzó hacia ella.
¡Sofía se preparó, lista para pelear!
Pero al segundo siguiente...
Leandro agarró la mano con la que ella lo había golpeado y la apretó contra su propia mejilla.
¡Plaf, plaf, plaf...!
Usó la mano de Sofía para abofetearse a sí mismo.
—Golpéame. Desquítate conmigo.
—¿Es suficiente?
—¿Eh?
Leandro seguía dándose bofetadas mientras hablaba.
—Te lo dije. Por el resto de mi vida seré tu perro fiel. Y tu perro aguantará tus enojos, ya sea que lo golpees o lo patees. No tendrá quejas ni arrepentimientos.
—¡Qué estupideces estás diciendo! —gritó Sofía, intentando zafarse.
—Digo... que tu perro siempre te será leal.
—Es de tu propiedad. Haz con él lo que quieras.
Sofía tiró con fuerza hasta soltarse, jadeando, mirando a Leandro con furia e incredulidad.
¿Qué nuevo juego retorcido estaba inventando este maldito ahora?
De verdad, no lo entendía.
De pronto, el agudo tono de su teléfono rompió la densa hostilidad de la noche.
Sofía se sobresaltó.
Con manos temblorosas, rebuscó en su bolso, sacó el celular y presionó el botón verde.
[—¿Bueno?...]
[—¡Sofí, soy mamá!] —se escuchó la voz emocionada de Josefina.
La rabia le subió a la garganta.
¿Para qué servía una madre así?

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