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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 100

Al despertar, Magdalena sintió primero el olor a una mezcla de aceite de motor y polvo, y entonces recordó lo que le había pasado.

Tenía los ojos vendados, así que no podía ver nada.

Se escuchaban las voces de dos hombres en el vehículo.

Magdalena yacía en el asiento trasero. Logró tocar su bolso, que estaba abierto.

El celular había desaparecido, pero la grabadora que acababa de comprar seguía en un compartimento oculto.

Poco a poco, palpó la grabadora y se la escondió en la manga.

El camino, que al principio era liso, se había vuelto lleno de baches.

Aprovechando la inercia del vehículo al dar una curva, Magdalena se subió un poco la venda de los ojos.

A ambos lados todo estaba oscuro; con el traqueteo, apenas pudo distinguir que había maleza en las laderas del camino.

—Cuando lleguemos al almacén la amarraré. Jefe, haga una llamada para avisar —dijo el conductor.

Magdalena presionó sigilosamente el botón para empezar a grabar.

—No es necesario, esa mujer es muy desconfiada. Aunque la llame, no contestará.

Tras decir eso, el hombre se inclinó, le pellizcó la barbilla a Magdalena y la miró.

Ella ni siquiera se atrevía a respirar.

—Tsk, qué lástima arruinar una cara tan bonita —murmuró el hombre—. Voy a intentar terminar rápido, y cuando acabe de divertirme te dejaré probarla. Si no, no valen la pena estos quinientos mil.

Al escuchar eso, Magdalena sintió que todos los huesos de su cuerpo se congelaban.

¡Estos dos no buscaban dinero, sino destruirla!

Casi no podía contener los temblores.

Pero se obligó a sí misma a calmarse.

Llegados a este punto, no tenía otra opción más que salvarse por su cuenta.

Magdalena evaluó cuidadosamente el estado de la carretera.

Al mismo tiempo, cerró las manos para revisar su situación. Sus muñecas estaban atadas con una cuerda de cáñamo, pero aún podía mover las piernas.

Agitó un poco la muñeca y sintió un nudo corredizo en la cuerda.

¡Tenía que encontrar la oportunidad para escapar!

Magdalena trató desesperadamente de regular su respiración y reprimir los latidos acelerados de su corazón.

Escuchó cómo el hombre se pasaba al asiento delantero.

—¿Dónde está el encendedor? Voy a buscarlo.

¡Era su momento! Magdalena se sentó de golpe, ¡y con rapidez y precisión quitó el seguro de la puerta!

Sabía que solo tendría una oportunidad. Se lanzó con fuerza contra la puerta usando su hombro.

Inspiró hondo.

Y sin dudarlo, ¡saltó del auto en movimiento!

—¿Qué relación tienen con la persona involucrada? ¿Tiene familiares?

Doña Elvira se apresuró a responder.

—Yo soy su abuela, y ese de ahí —señaló a su apuesto y corpulento nieto— es su inútil esposo.

El oficial se quedó sin palabras.

Después de tomar nota del informe de anoche, el oficial comenzó a revisar las cámaras de seguridad en función de la ubicación del incidente.

Federico ya no podía esperar más.

No dejaba de comunicarse con el equipo técnico de su compañía.

—Sí, rastreen los dispositivos Bluetooth que haya conectado antes. Podría llevar un reloj inteligente. Investiguen lo más rápido posible la última ubicación en la que su teléfono estuvo encendido. Si tiene la función de rastreo... ajá... Esta noche tendrán triple salario por horas extra.

Federico dejó al Secretario Yáñez para que acompañara a su abuela.

Y le pidió a Sara que diera la información personal adicional a la policía.

Él mismo se subió a su auto y comenzó a seguir la ubicación proporcionada por el departamento técnico.

La policía le preguntó a Sara.

—Antes de perder el contacto, ¿se le perdió algún objeto de valor o tuvo algún conflicto con alguien?

Federico, que ya estaba en la puerta, detuvo sus pasos al escuchar la pregunta.

Y luego se dio la vuelta y se marchó.

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