Al despertar, Magdalena sintió primero el olor a una mezcla de aceite de motor y polvo, y entonces recordó lo que le había pasado.
Tenía los ojos vendados, así que no podía ver nada.
Se escuchaban las voces de dos hombres en el vehículo.
Magdalena yacía en el asiento trasero. Logró tocar su bolso, que estaba abierto.
El celular había desaparecido, pero la grabadora que acababa de comprar seguía en un compartimento oculto.
Poco a poco, palpó la grabadora y se la escondió en la manga.
El camino, que al principio era liso, se había vuelto lleno de baches.
Aprovechando la inercia del vehículo al dar una curva, Magdalena se subió un poco la venda de los ojos.
A ambos lados todo estaba oscuro; con el traqueteo, apenas pudo distinguir que había maleza en las laderas del camino.
—Cuando lleguemos al almacén la amarraré. Jefe, haga una llamada para avisar —dijo el conductor.
Magdalena presionó sigilosamente el botón para empezar a grabar.
—No es necesario, esa mujer es muy desconfiada. Aunque la llame, no contestará.
Tras decir eso, el hombre se inclinó, le pellizcó la barbilla a Magdalena y la miró.
Ella ni siquiera se atrevía a respirar.
—Tsk, qué lástima arruinar una cara tan bonita —murmuró el hombre—. Voy a intentar terminar rápido, y cuando acabe de divertirme te dejaré probarla. Si no, no valen la pena estos quinientos mil.
Al escuchar eso, Magdalena sintió que todos los huesos de su cuerpo se congelaban.
¡Estos dos no buscaban dinero, sino destruirla!
Casi no podía contener los temblores.
Pero se obligó a sí misma a calmarse.
Llegados a este punto, no tenía otra opción más que salvarse por su cuenta.
Magdalena evaluó cuidadosamente el estado de la carretera.
Al mismo tiempo, cerró las manos para revisar su situación. Sus muñecas estaban atadas con una cuerda de cáñamo, pero aún podía mover las piernas.
Agitó un poco la muñeca y sintió un nudo corredizo en la cuerda.
¡Tenía que encontrar la oportunidad para escapar!
Magdalena trató desesperadamente de regular su respiración y reprimir los latidos acelerados de su corazón.
Escuchó cómo el hombre se pasaba al asiento delantero.
—¿Dónde está el encendedor? Voy a buscarlo.
¡Era su momento! Magdalena se sentó de golpe, ¡y con rapidez y precisión quitó el seguro de la puerta!
Sabía que solo tendría una oportunidad. Se lanzó con fuerza contra la puerta usando su hombro.
Inspiró hondo.
Y sin dudarlo, ¡saltó del auto en movimiento!

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