—¿Y si pedimos algo para que traigan? Ay, pero las opciones más cercanas tardarían tres horas. Esta carretera de montaña está muy alejada.
Al final, alguien sugirió: —¿Y si cocinamos nosotros? Veo que en la casa hay ollas, sartenes y especias de sobra, y ya trajeron los ingredientes.
—Es buena idea, pero yo no sé cocinar.
—Yo tampoco...
—Yo puedo aportar unas chauchas salteadas.
Todos empezaron a dar ideas.
Pero resultó que más de la mitad eran expertos en pedir comida a domicilio.
Al principio dijeron que cada uno aportaría un plato, pero después de un buen rato organizándose, apenas consiguieron tres opciones.
Magdalena miró a los dos hombres que estaban a su lado.
Uno sostenía una copa de vino; el otro tenía las manos en los bolsillos.
Julián levantó la mano tímidamente: —Yo puedo aportar una ensalada de pepino.
...
Magdalena se giró de nuevo.
Kevin era aún más descarado que Julián, no sentía la más mínima vergüenza.
—Yo podría aportar un estofado imperial... Déjame ver. Pero como no tenemos mariscos, ni vieiras, ni hongos exóticos... faltan ingredientes, así que mejor no lo preparo.
Julián agregó: —Si tú no cocinas, yo tampoco.
Magdalena casi se echa a reír.
Esperar que esos niños ricos y grandes jefes cocinaran, era como esperar peras del olmo.
Ella revisó los ingredientes: —Yo me encargo.
Magdalena se arremangó y empezó a dar instrucciones a los demás para preparar los ingredientes.
Ese día llevaba un vestido largo de seda, con una cinta en el cuello a modo de gargantilla; parecía una estrella de cine en su día libre.
Pero nadie esperaba que fuera tan experta a la hora de cocinar.
Picaba las verduras, derretía azúcar, preparaba los aderezos.
Todo de forma ordenada y metódica.

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