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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 183

—Federico... yo, de verdad no fue a propósito, te lo... prometí.

—No quería decirlo... en serio, pero Magdalena... ella, buaaah.

Sandra estaba llena de rabia por dentro.

Le guardaba un profundo rencor a Magdalena por arruinar el banquete de compromiso de su familia.

No sabía cómo había influenciado a la familia de la novia, pero de repente querían posponer la boda, e incluso cancelarla.

Ya que todo era un desastre y habían perdido la cara, no le importaba hacer un escándalo aún mayor.

En ese instante gritó:

—¡Ah! ¡Anaís! ¡Ay, mi niña querida, pero si llevas en tu vientre la sangre de nuestra familia Suárez!

Magdalena se quedó inmóvil, como paralizada.

Desde la cabeza hasta los pies, todo su cuerpo se heló.

En solo unos cuantos segundos, su mente se quedó completamente en blanco.

Varios empleados del lugar ya se habían acercado corriendo con linternas en mano.

La luz cegadora iluminó a Magdalena, haciéndola recordar los flashes de las cámaras de los periodistas cuando la llamaban amante.

Anaís, protegida en los brazos de Federico, se libró de esa humillación e incluso le dirigió una leve sonrisa.

La respiración de Magdalena se volvió pesada y retrocedió medio paso.

Se escuchó un ligero crujido.

Federico vio los resultados de laboratorio que Magdalena había pisado.

Anaís se cubrió la boca.

—Lo siento, no quería decírselo a Magdalena. Quién iba a pensar que al ver los análisis, ella me insultaría... llamándome cualquiera.

Tenía los ojos enrojecidos.

—Puede insultarme como quiera, pero ¿cómo pudo decirme que me fuera a morir junto con mi bebé?

A Anaís se le había salido un zapato, manchándose el pie de barro.

Estaba aferrada a Federico, como una serpiente escurridiza y pegajosa.

Esa fue la impresión más directa que tuvo Magdalena en ese momento.

Federico también vio el papel bajo el pie de Magdalena.

En cuanto a de dónde había salido...

Su mirada se volvió fría, observando a Magdalena y el saco del traje que llevaba sobre los hombros.

—Magdalena, ¿no crees que fuiste demasiado lejos?

Magdalena apretó los labios con fuerza para no llorar en voz alta.

Pero las lágrimas cayeron sin que ella pudiera detenerlas.

Sandra finalmente encontró su oportunidad.

—¡Dios mío! ¿Cómo puede haber una mujer tan despiadada en este mundo? ¡Es una pequeña vida!

Los invitados, que apenas un momento antes habían elogiado a Magdalena por ser una esposa perfecta, cambiaron de expresión.

—No pensé que la familia Suárez tuviera tantos dramas.

—Aunque es comprensible que Magdalena esté enojada, esto es demasiado perverso.

—Así es, ella también es mujer, un embarazo no es cosa de juego.

Magdalena se sintió un poco mareada, pero seguía mirando fijamente a Federico.

—No has respondido mi pregunta.

Para entonces, Federico ya había levantado a Anaís en sus brazos.

—Es verdad, el bebé es mío.

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