Al escuchar las palabras de Sara, Magdalena se sintió aterrorizada.
No había tomado anticonceptivos después de acostarse con Federico.
Por un lado, tenía la ingenua esperanza de que nada pasaría; después de todo, había parejas que tardaban mucho en lograr un embarazo.
Además, durante ese tiempo, su carga de trabajo había sido muy pesada, y como los anticonceptivos de emergencia tenían efectos secundarios, no quería que afectara su rendimiento.
Quién iba a pensar que...
Completamente desprevenida, Magdalena miraba confundida cómo Sara le buscaba algo de ropa.
—Ponte algo cómodo, y nada de tacones por ahora, primero vamos a ver qué dice el doctor.
Sara tomó las llaves del auto de Magdalena.
Escuchó a Magdalena decir:
—No vayamos a ese hospital privado.
No quería cruzarse ni con Federico ni con Anaís.
Y tal como sospechaba Magdalena, los dos seguían en el hospital.
Valentina se enteró de la noticia en la mañana y acudió a toda prisa.
—Federico, tienes que darnos una explicación a mi hija y a mí por todo esto.
Valentina mantenía una sonrisa fría, pero sus palabras dejaban claro que no iba a dejar pasar el asunto.
Abrazó a su hija con aire protector.
—Escuché que el motivo por el que mi Ani terminó en el hospital fue por los insultos que le lanzó tu perfecta esposa.
—¿Cómo se atreve Magdalena a decirle a mi Ani que se muera junto con su bebé? ¿Es eso algo que diría una persona educada?
—¡Qué descaro! ¡De verdad que no tiene vergüenza!
Valentina llevaba mucho tiempo guardando resentimiento hacia Magdalena, pero nunca se había atrevido a decirlo.
Ahora que Federico tenía la culpa escrita en la cara, era el momento perfecto para cobrarle viejas y nuevas ofensas.
—¿Y todavía tiene el descaro de llamar a mi Ani una cualquiera?
Valentina estaba sentada con las piernas cruzadas, luciendo ostentosa pero implacable.
—¿Acaso no es ella una cualquiera cuando se anda citando con uno o dos hombres en el aeropuerto?
Al principio, por respeto al estado de Anaís, Federico no había respondido.
Pero cuando escuchó a Valentina hablar así de Magdalena, frunció el ceño de inmediato.
—No puede esperar que mi esposa trate con amabilidad a la mujer que está involucrada con su marido, ¿verdad? —dijo Federico con tono neutral.
Al escuchar esto, Anaís abrió los ojos de par en par.
Le tomó un momento procesar lo que acababa de insinuar.
Comenzó a temblar levemente y las lágrimas rodaron por sus mejillas al instante.

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