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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 205

Por mucho que ella pataleara.

Sus movimientos frenéticos no se parecían en nada a los de una embarazada.

Más bien recordaba a un ratón asustado atado de la cola después de ser descubierto en un cuarto de universidad.

En sus tiempos de estudiante, Valentina era quien acosaba a los demás; nunca se había llevado semejante paliza.

Y tras casarse con el padre de Anaís, se volvió intocable gracias a su fortuna.

No iba a quedarse de brazos cruzados.

Se levantó del suelo hecha una furia.

Sara, que conocía toda la historia y acababa de escuchar la plática de ambas mujeres, estaba que hervía de rabia.

Empujó a Valentina de vuelta al sofá con todas sus fuerzas.

Agarró un cojín cercano y empezó a darle de palos.

Y mientras le daba, le gritaba.

—¡Maldita sea! ¿Acaso eres un monstruo? Tú también eres madre, ¿cómo te atreves a ordenar que alguien aborte? ¿No te da miedo de que a Anaís le caiga un castigo divino por tus actos y dé a luz a una basura?

A cada insulto le seguía un almohadazo.

—¡Magdalena, perra infeliz! ¡Te atreves a meterte a mi casa con tus matones! ¡Ignorante de pacotilla!

—¡Te voy a demandar hasta dejarte en la ruina! ¡Haré que te pudras en la cárcel trabajando como mula!

—¡Por supuesto que Federico prefirió a mi Ani! ¡Cómo iba a quedarse con una muerta de hambre como tú!

Valentina se sacudía desesperada.

Alcanzó a agarrar dos bolsas de basura que estaban junto a la puerta.

El guardaespaldas, al ver que Magdalena corría peligro, la tiró al suelo.

Magdalena arrebató las bolsas y se las vació en la cabeza a Valentina.

Al instante, el jugo de cangrejo y el vinagre, mezclados con papel higiénico sucio y toallas sanitarias con Dios sabe qué cosas del baño, la cubrieron de la cabeza a los pies.

Anaís, en cambio, no recibió ningún golpe.

Pero su embarazo le causaba náuseas constantes.

Y al ver a Valentina cubierta de esa inmundicia amarillenta, no pudo evitarlo: —¡Blaargh!

Magdalena casi se echa a reír al escuchar toda esa retahíla de quejas.

—Señora Cárdenas, si quiere demandarme, hágalo, siempre y cuando tenga pruebas.

—Pero antes de hacerlo, piense muy bien en sus propias fechorías. No vaya a ser que, en vez de hundirme por invasión a la propiedad privada, termine usted en la cárcel por intento de asesinato y secuestro.

A Valentina le faltaba el aire de puro coraje.

Respiraba con dificultad, y los restos de cangrejo en su nariz hacían burbujas con cada jadeo.

Todo mezclado con el hedor a comida podrida y suciedad.

Se veía patética.

Y por supuesto, no se atrevía a llamar a la policía.

Magdalena retrocedió un paso, como si le diera asco tenerla cerca.

Esbozó una sonrisa helada.

—Si no llama usted, lo haré yo.

Y sacó su celular.

Pero antes de poder marcar.

Vio cómo Anaís daba un respingo como si resucitara de entre los muertos.

Cuando el guardaespaldas fue a ayudar a Magdalena, Anaís solo se quedó con el chófer al lado.

Se zafó del agarre del chófer, pero no corrió hacia Magdalena.

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