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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 221

Si había algo seguro era que, si por Magdalena sentía una culpa devoradora, por Valentina lo que sentía era pura y absoluta furia.

La persona que lo había drogado aquella noche no fue Magdalena, sino Anaís y su madre.

Originalmente, Federico les había prometido a Magdalena y al padre de Anaís que no intervendría en el interrogatorio.

Pero ahora había cambiado de opinión.

Cuando Anaís le envió un mensaje pidiéndole que fuera a su departamento, Federico aceptó sin dudarlo.

El señor Cárdenas había movido todos sus contactos para sacarla, pero fue inútil.

Federico nunca dejaba cabos sueltos.

Por eso, ni Anaís ni su padre sabían que había sido él quien hizo la denuncia, entregándole a Valentina un regalito inolvidable.

Compra, posesión y uso ilegal de sustancias prohibidas; eso podía costarle hasta tres años de cárcel.

Federico tenía pruebas irrefutables, así que a Valentina no le quedaba margen para mentir.

Sin embargo, ella insistía en que había comprado los medicamentos por su cuenta y que Anaís no tenía nada que ver.

Que había sido ella misma quien sobornó al mesero para drogarlo, manteniendo a Anaís al margen de todo.

Federico no se lo creía en absoluto. Por eso estaba allí.

—Fede, hoy fui a ver a mi mamá. La está pasando muy mal en prisión preventiva —sollozó Anaís—. Ella siempre ha sido una mujer recta, jamás ha hecho nada malo. ¿No podrías buscar la forma de ayudarla?

Federico la miró fijamente.

—¿De qué cargos se le acusa exactamente?

La mirada de Anaís vaciló por un instante y se mordió el labio.

—No lo sé con certeza, pero al final del día es la abuela de tu hijo. Fede, ¿podrías pedirle al equipo legal de Grupo Orizon que intervenga, por el bien del bebé?

Federico bajó la vista hacia el vientre de Anaís. Llevaba casi dos meses de embarazo y seguía completamente plano.

Si no fuera por ese 'accidente'.

Magdalena y él probablemente nunca habrían llegado al punto del divorcio.

Con una mirada sombría, Federico no confirmó ni negó nada.

A mitad de la visita, se levantó para ir al baño.

Antes de irse, dejó a propósito un blíster de pastillas vacío sobre la mesa.

Anaís iba a servirse un vaso de agua, pero al estirar la mano, vio ese objeto tan familiar.

Su cuerpo entero se tensó de golpe.

Letras verdes, texto en otro idioma.

¿Acaso no era esa la misma pastilla que le había dado a Federico?

Federico siempre se había jactado de saber leer a las personas. Rara vez se equivocaba con los subordinados que ascendía o las empresas con las que colaboraba.

Y si había algo que odiaba en este mundo, era que lo manipularan.

Jamás imaginó que Anaís sería quien le jugaría tan sucio.

Al mismo tiempo, pensó en Magdalena.

Ella se lo había dicho claramente: la persona que lo drogó no fue ella, fue Anaís.

Pero él no le creyó del todo.

Ahora, por más arrepentimiento que sintiera, ya era demasiado tarde.

—Fede, las cosas no son así. Esa pastilla me la encontré por ahí, no sé qué pasó...

Anaís se puso de pie a tropezones e intentó arrojarse a los brazos de Federico.

Él la apartó con brusquedad.

Una repulsión casi física emanaba de cada poro de su piel.

Respiró hondo, tragándose la indescriptible culpa y el remordimiento que sentía.

—Te doy dos opciones: contrato a una empleada para que te cuide en este departamento, o te vas a una clínica de maternidad privada a esperar el parto —sentenció con frialdad—. No te faltará nada, pero a partir de hoy, te exijo que no vuelvas a aparecer en mi vida ni en la de Magdalena.

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