Doña Elvira soltó un suspiro pesado.
—Ven, siéntate —le ordenó.
—Magda estaba aquí afuera, ¿estaban hablando del divorcio?
Federico frunció el ceño.
Cruzó las manos, frotando suavemente los nudillos con los pulgares.
La mirada de la anciana era tan penetrante que no dejaba espacio para esconderse.
Por un momento, Federico se sintió completamente expuesto; abrumado por la situación, negó sin pensarlo mucho.
—Ella y yo tuvimos algunos problemas, es verdad, pero Magdalena... no se enamoraría de nadie más.
Doña Elvira sacudió la cabeza al escucharlo.
—Hace tiempo te advertí que debías tratar mejor a Magda, que tenías que comprender sus dificultades, comunicarte a tiempo si había problemas, ceder más y, sobre todo, reparar tus errores cuando te equivocabas.
Para Federico, esos consejos llegaban demasiado tarde.
Apretó los labios, con el semblante ensombrecido.
—¿Cuánto más se supone que debo ceder? ¿Cómo lo reparo?
—La he llamado no sé cuántas veces, incluso fui a buscarla en persona varias veces. Ya le dije que estoy dispuesto a hacer público nuestro matrimonio, que le daré propiedades, acciones, autos... todo lo que pida, pero ella...
Doña Elvira suspiró de nuevo.
No quería escuchar el resto.
Porque sabía que nada de eso serviría.
—Federico, firma los papeles.
La anciana no abrió el nuevo acuerdo que Magdalena había dejado.
Confiaba plenamente en la integridad de Magdalena; sabía que no haría exigencias irrazonables.
—¿Doña Elvira?
Federico nunca imaginó que la anciana, queriendo tanto a Magdalena, le aconsejara divorciarse.
Su mirada se clavó en los dos documentos de divorcio sobre la mesa y se quedó atónito.
Al hojear el primero, notó que estaba fechado hace más de dos meses, justo cuando Anaís acababa de regresar al país.
Las cláusulas del acuerdo eran extremadamente detalladas, desde la renuncia a la división de bienes hasta los acuerdos de confidencialidad. No había lugar a dudas.
Era evidente que hablaba en serio.
¿Cómo había pasado esto?
Hace dos meses, Magdalena no había mostrado la menor señal de molestia.
Seguía organizando la mansión familiar, preparándole algo caliente para la resaca, cocinándole; jamás se había quejado.
Los dos acuerdos de divorcio eran como dos cuchillos afilados que abrían de tajo la coraza de la verdad.
Fue en ese preciso instante que Federico comprendió que la petición de divorcio de Magdalena no era un impulso emocional, ni una estrategia para llamar su atención, y mucho menos una broma.
Ella realmente quería separarse.
¿Cómo habían llegado a esto?
Federico se quedó petrificado en el sofá, sin mover un solo músculo.
Solo su expresión denotaba el caos.
La seguridad que antes sentía se estaba derrumbando.
No sintió una furia explosiva, sino un pánico denso y asfixiante que se apoderó de su pecho.

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