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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 241

Los centros comerciales en el país estaban llenos de gente, y Magdalena temía ser fotografiada.

Dora no se acobardó en lo absoluto, se palmeó el pecho y dijo:

—Entonces Dora saldrá y le comprará uno a mamá también.

El corazón de Magdalena se llenó de ternura, sintiendo una inmensa dulzura.

—Qué bien, mi Dora es tan linda.

Sara y Tania llevaron a Dora al interior del centro comercial.

—Sara, ve tú a comprar el juego de sábanas de Dora, es lo que pidieron las maestras del jardín de niños. Yo llevaré a Dora a hacer fila.

Sara asintió con la cabeza.

Había mucha gente en el puesto de algodones de azúcar del exclusivo centro comercial.

Dora acababa de formarse en la fila cuando, de repente, alguien la empujó con fuerza.

Si no fuera por los rápidos reflejos de Tania, que la agarró al instante, seguramente se habría caído.

A Dora le dolió tanto que las lágrimas empezaron a darle vueltas en los ojos.

—Tania, me duele.

Tania se sintió muy mal por ella; se agachó y le acarició el hombro.

Al mirar hacia atrás, descubrió que se trataba de un niño vestido de pies a cabeza con ropa de diseñador.

El niño, al ver el estado de Dora, hizo una mueca de disgusto.

—Solo sabes estorbar en el camino, y encima lloras, qué vergüenza.

Dora, indignada, le respondió:

—¿Y tú por qué no haces fila?

—¿Fila?

El niño chasqueó la lengua con desdén.

—Los pobres hacen fila, yo no tengo que hacerlo.

Dora nunca había visto a alguien tan irrazonable, así que abrió mucho los ojos y miró a Tania, como esperando que ella hiciera justicia.

Tania, con solo ver la ropa del niño, supo que su familia debía tener mucho dinero.

Dora había ido a un jardín de niños normal cuando vivía en el extranjero, por lo que no tenía concepto alguno del dinero o el poder.

Pero Tania sí lo tenía.

—Dora, no llores, yo misma pagaré y te compraré una porción extra, ¿te parece bien?

—¡No!

Dora no se iba a conformar con eso.

—Tú no fuiste la que me empujó, Tania, quiero que él pague por esto.

El niño abrió tanto los ojos que casi se pone bizco.

Su cuidadora llegó por fin, caminando sin ninguna prisa.

El niño soltó la orden:

—¡Daniela, págale a estas dos muertas de hambre!

Daniela no necesitaba ni mirar para saber que el pequeño señor había vuelto a meterse en problemas.

Se inclinó inmediatamente.

—Lo siento mucho, de verdad lo siento.

Dora todavía no entendía muy bien de dónde salía el dinero.

Daniela suspiró, sintiéndose avergonzada.

—Joven señor, en un momento vendrá el jefe a buscarlo, ¿no habíamos quedado en que se iba a portar bien?

Al escuchar la palabra jefe, el niño encogió el cuello al instante.

Dora, al ver eso, pensó que un jefe debía ser algo increíblemente poderoso y genial.

Entre sollozos, le dijo a Tania mientras le jalaba la manga:

—Yo también quiero un jefe, Tania. Dile a mamá que me compre un jefe, ¿sí?

Las personas a su alrededor, al escuchar eso, sintieron pena pero no pudieron evitar reírse.

Sin embargo, las risas se apagaron de repente.

Daniela miró hacia atrás y descubrió que el hombre había llegado sin que nadie se diera cuenta.

Se calló al instante.

—¿Qué está pasando aquí?

Tania también lo vio y exclamó un suave guau por lo bajo.

El hombre llevaba un traje impecable; a simple vista, era evidente que tenía muchísimo dinero.

Además, era sumamente guapo, mucho más que cualquiera de los jóvenes actores de moda.

Todo en él gritaba una sola palabra: exclusividad.

Solo que se veía un poco serio.

Daniela murmuró tímidamente:

—Jefe, mire, el joven señor quería comer algodón de azúcar.

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