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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 244

La expresión tan seria de Dora hizo que Magdalena sintiera pena y ganas de reír al mismo tiempo.

Dora abrazó a Magdalena.

—Mamá, no llores... Dora... Dora le mandará muchos regalitos al cielo.

En la mente de Magdalena apareció la imagen de ambas quemando ofrendas frente a una tumba.

Inhaló bruscamente.

—Dora, tu papá no está muerto, sigue vivo.

—Entonces, ¿por qué no estás con papá? ¿Acaso papá es muy pobre y no tiene dinero para cuidarme?

Por muy mala que fuera su relación con Federico Suárez, Magdalena nunca había hablado mal de él frente a la niña.

Al escuchar esa pregunta, tampoco dijo nada negativo de él.

Aunque él tenía dinero, en términos de emociones, se podría decir que era más pobre que un mendigo.

Magdalena lo pensó un poco y le explicó de una forma que Dora pudiera entender:

—Supongo que puedes verlo así; papá está muy ocupado trabajando en su empresa y no tiene tiempo para cuidar de ti y de mí.

—Pobrecito papá.

Magdalena acarició la coronilla de su hija.

Se sentía sumamente culpable por no haber podido brindarle un hogar con ambos padres.

No quería que Dora siguiera pensando demasiado en su papá, así que le preguntó:

—¿Qué te parece si este fin de semana salimos juntas a pasear?

Dora comenzó a aplaudir de inmediato.

—¡Quiero ver los papelitos de colores!

Magdalena sonrió.

No sabía de quién lo habría heredado, pero parecía que su pequeña Dora tenía mucho talento artístico.

De bebé le encantaba el sonido del piano, de ahí que hasta su nombre fuera Dora.

Los papelitos de colores eran una exhibición de arte.

Magdalena dejó que Dora se adaptara durante una semana a su nuevo jardín de niños en el país.

Al sábado siguiente, la llevó a una exposición de arte de instalación.

La exposición era mucho más interesante que una simple galería de arte: había esculturas abstractas, mariposas con alas hechas mitad de bordado tradicional y mitad de metal, y hasta un enorme oso panda fabricado con botellas de plástico recicladas.

Magdalena le estaba tomando fotos a Dora con el celular.

Cuando de repente escuchó a un niño gritar a todo pulmón:

—¡Qué feo! ¡Aquí no hay nada interesante, mami, quiero irme a casa a jugar videojuegos!

La exhibición era casi privada, y Magdalena había conseguido las entradas con mucho esfuerzo gracias a sus contactos.

Pensó que todos los asistentes tendrían cierto nivel de cultura, nunca se imaginó encontrar a alguien así.

—Ah... es el niño malo.

Magdalena le preguntó a su hija:

—Dora, ¿te parece si hoy regresamos temprano a casa? Te prometo que otro día te compensaré.

A Magdalena no le importaba lidiar con ella, pero no quería que Dora resultara lastimada o que escuchara cosas desagradables.

Dora no había disfrutado lo suficiente, pero al ver el rostro de su mamá, accedió.

—Tendrás que compensarme dos veces.

Tirando de la mano de Magdalena, preguntó:

—Mamá, ¿puedo ir al baño a hacer popó primero?

Magdalena se agachó y levantó a Dora en brazos.

—Vamos, mamá te llevará al baño.

Los baños del recinto estaban diseñados solo para adultos, así que Magdalena sostuvo las manos de Dora para ayudarla.

Mientras la escuchaba contarle cuál era su escultura favorita.

Llevando de la mano a su pequeña saltarina, caminó hacia la salida, sin esperar que, a pesar de todo, se topara con la persona que menos quería ver.

Magdalena se encontró de frente con Anaís.

Anaís se quedó totalmente en shock.

Primero abrió los ojos como platos, y después de que su expresión cambiara varias veces, se instaló en el resentimiento.

—Magdalena Jurado, así que regresaste.

Magdalena frunció el ceño; no se imaginaba que el mundo fuera tan pequeño.

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