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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 257

Por eso, Dora casi nunca hacía berrinches llorando o gritando cuando no se cumplían sus deseos.

Cuando surgía un problema, siempre buscaba cómo resolverlo.

Los ojitos redondos de Dora se movieron de un lado a otro.

—¡Ah, ya sé! Señor Lira, Dora también quiere ir a cenar con mamá y contigo. ¿Por favorcito me llevas?

Dora hizo un gesto de súplica con sus manitas.

Y con tono tierno agregó:

—Pero si me dices que no, no pasa nada.

Sus grandes ojos y sus cachetitos adorables eran irresistibles.

¿Quién podría decirle que no a una bebé así?

—Pues... supongo que te llevaré con nosotros —cedió Kevin, sin otra opción.

Dora soltó un suspiro súper exagerado de alivio.

Y preguntó:

—¿Y por qué van a cenar juntos mamá y tú?

Kevin le pellizcó suavemente la naricita:

—Ese sí que es un secreto. ¿Qué te parece si te lo compro?

Levantó un dedo:

—Una mochila de conejito.

Dora asintió emocionada al instante:

—¡Sí, sí, sí! Ya no pregunto nada, llévame a comprarla ahorita.

Después de salir de la casa de los Suárez, Magdalena se sentía exhausta física y mentalmente.

Kevin sabía que ella tenía una conexión especial con la anciana, así que le propuso descansar en el auto mientras él llevaba a Dora de la mano a la papelería.

—Mi mamá está muy triste hoy. ¿Alguien la trató mal? —preguntó Dora.

Kevin no sabía cómo explicarle la situación.

Solo le dijo que, como ambas eran niñas, si alguna vez se topaban con un tipo raro, especialmente algún señor extraño, tenía que llamar a refuerzos.

Dora acarició las orejitas de su nueva mochila:

—Señor Lira, ¿qué es llamar a refuerzos?

—Significa que puedes decirle a todo el mundo que yo soy tu papá, y que nadie tiene derecho a molestar a tu mamá ni a ti.

Dora se quedó pensando, pareciendo un poco contrariada:

—La verdad es que sí quiero un papá, pero, señor Lira, ¿usted ha visto a mi papá de verdad? ¿En qué trabaja?

—Trabaja en una empresa —respondió Kevin.

El chef soltó una carcajada.

Si no fuera porque el gerente del restaurante se acercó en ese momento, el chef probablemente les habría invitado la cena.

Kevin sonrió divertido.

—Ahora me doy cuenta de que la inteligencia emocional también se hereda.

Magdalena sonrió y no pudo evitar darle un beso a Dora.

Justo cuando los tres platicaban y reían alegremente, el gerente regresó.

No iba hacia ellos, sino que estaba guiando a un cliente hacia su mesa.

Magdalena levantó la vista y se quedó helada.

Federico parecía una estatua, congelado en el lugar.

Vio a Magdalena sonriendo, abrazando cariñosamente a la niña, con una ternura en sus ojos que él no veía desde hacía años.

Y ahí, sentado a su lado, estaba Kevin, mirándolas con una naturalidad absoluta.

Parecían la familia perfecta.

¡Tanta felicidad le daba puñaladas en el corazón!

¡Tanta calidez le quemaba los ojos!

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