...
En este momento, Federico se quedó mudo.
Ya estaba bastante molesto por la actitud rebelde de Magdalena, y ahora directamente soltó una risa seca.
Estaba furioso.
Elvira parecía genuinamente preocupada.
—Si siguen así, ¿qué va a pasar?
Tomó la mano de su nieto y le dijo.
—Si hay un problema, deberías ver a un médico cuanto antes, ¡y también tratar mejor a tu esposa!
Federico entornó los ojos de forma amenazadora, pero al final decidió no rebajarse a discutir con Magdalena.
Se dirigió a Elvira.
—Nunca le ha faltado nada en lo material.
—Hablas de cosas materiales, muy bien. Dime, ¿acaso tu esposa alguna vez ha recibido un regalo de cumpleaños tuyo? ¿Le preguntas si está feliz? ¿O si tiene alguna dificultad? No dejar que a alguien le falte algo no es solo hablar por hablar. Si sigues así, el día que Magda ya no quiera estar contigo, ¡te vas a arrepentir!
Federico alzó ligeramente una ceja y su rostro inescrutable se llenó de incredulidad.
—¿Ella?
Elvira casi se desmaya del coraje.
Federico sonrió levemente.
¿Qué clase de mujer que quiere el divorcio anda cargando condones en el bolso y piensa obsesivamente en tener hijos?
A raíz de lo de hoy, Federico empezó a reflexionar si no habría consentido demasiado a Magdalena últimamente.
Dándole alas para que jugara constantemente con esos truquillos suyos.
Federico normalmente podía ignorarlo, pero si esto llegaba a afectar a la empresa, sería cruzar el límite.
—No me interesan estos dramas de romance —afirmó Federico—. Si quiere divorciarse, que se divorcie.
—¿No te interesan? Entonces, ¿qué hay de todas las noticias recientes sobre la Señorita Cárdenas? —lo cuestionó Elvira.
Federico frunció un poco el ceño.
—Ella es diferente.
Magdalena salió del consultorio del médico justo a tiempo para escuchar esa última frase.
Detuvo su paso; tenía unas ganas inmensas de dar la media vuelta y marcharse.
Pero sabiendo que su abuela política estaba ahí, no podía actuar con tan mala educación.
Así que tocó suavemente la puerta.
Elvira le lanzó a Federico una mirada de reproche y luego sonrió a Magdalena.
Magdalena quería decirle que esa ya no era su casa; quería decirle que nunca, nunca jamás volvería a esa villa.
Pero dadas las circunstancias, temía parecer inmadura y berrinchuda.
Por lo tanto, simplemente se rehusó con frialdad.
—No es necesario, Señor Suárez. Tomaré un taxi a la empresa.
Para Federico, mejor imposible, ya había perdido casi medio día entero por culpa de Magdalena.
—Está bien.
Magdalena se dio la vuelta para marcharse.
Pero Federico la llamó.
—Magdalena.
Ella se volteó.
—A mí me gusta hablar las cosas directamente. Si querías verme, deberías haber aceptado cuando el Secretario Yáñez te preguntó si querías que te acompañara.
Él era alto, de piernas largas y de complexión imponente. Estando tan cerca, emanaba una fuerte sensación de intimidación.
Magdalena sintió como si le hubieran clavado agujas en la parte más vulnerable de su corazón.
La amargura y la tristeza brotaron desde sus heridas y se le agolparon en los ojos.

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