Magdalena Jurado tampoco quería que sus asuntos personales afectaran su trabajo.
Sara era una agente estrella en el medio, muy familiarizada con los procesos de todo tipo de eventos. De inmediato comenzó a contactar a las grandes marcas.
Pero, para su sorpresa, las marcas o la rechazaban o ni siquiera contestaban.
Al final, un amigo del medio le reveló la verdad a Sara.
Estrella Entertainment había contactado a las marcas con anticipación, prohibiéndoles prestarle ropa a Magdalena.
Este tipo de cancelación encubierta era muy común en la industria.
O querían congelar a la artista, o forzar una caída en sus recursos antes de que terminara su contrato.
De esta manera, cuando Magdalena se fuera con alguien más, su valor comercial habría tocado fondo.
Sara tenía dos alternativas para esto:
—O buscamos un estudio de estilismo que nos preste piezas de la temporada pasada, o compramos ropa de diseñador directamente.
Magdalena lo pensó un momento y negó con la cabeza:
—En lugar de eso, mejor contactemos a algunos diseñadores nacionales.
A Sara no le convencía la idea.
Los recursos de moda de un artista representaban su valor comercial; era preferible no tenerlos a que bajaran de categoría.
Además, la fama trae problemas, y Magdalena había sufrido recientemente varias campañas de difamación, por lo que era un blanco fácil para las burlas en internet.
Pero Magdalena no se angustió. Cuando se ponía terca, era imparable:
—No pasa nada, Sara. Hay que apoyar el talento local.
Esta gala benéfica era el primer gran evento que organizaba el Grupo Orizon después de su reestructuración.
Estrella Entertainment había comenzado a generar expectativa días antes; no solo abrieron una cuenta del evento en Twitter, sino que también revelaban a los invitados poco a poco.
Aparte de los grandes magnates de la industria, el más esperado era el Señor Rochas.
Era el director creativo de una marca de ultra lujo, considerado el referente de la alta costura y marcaba las tendencias de moda a nivel internacional.
Anaís Cárdenas había movido todas sus influencias y gastado una fortuna para invitar a este maestro, solo para presumir de sus conexiones.
Quería demostrarle a todos que solo ella era digna de estar al lado de Federico Suárez.
Al final, Sara logró cerrar un trato con un diseñador nacional para Magdalena.
Pero el día de la gala benéfica, el diseñador no contestó el celular.
El tráfico en Sierra Clara era terrible; caminar era más rápido que pedir otro auto.
En marzo, el clima aún era frío, con un sol tímido que apenas calentaba.
Sin embargo, Magdalena corrió desesperada hasta sudar por completo.
No sabía de cuántas burlas sería objeto al llegar al evento.
Los medios probablemente la compararían con Anaís Cárdenas, y el resultado sería obvio.
Pero Magdalena no se detuvo. Ella era una persona común, sin una familia influyente que la respaldara. Si no podía soportar este pequeño sacrificio y esta humillación, jamás sería una buena actriz.
Mientras caminaba decidida, sin importarle nada más, escuchó una voz vagamente familiar.
—Oye, Magdalena, ¿eres tú?
Magdalena se detuvo y vio que un Bentley negro se aparcaba a su lado.
Una chica se asomó por la ventanilla. Llevaba su largo cabello castaño en trenzas muy originales y la saludaba con una sonrisa.
Magdalena la reconoció al instante; era la chica extranjera del equipo de grabación:
—¿Elena?

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