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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 8

El rostro de Elvira se ensombreció:

—¿A quién llamas amante?

A la Tía Sandra se le fue la lengua:

—No estoy mintiendo. Todo internet sabe que Magdalena es una amante, ¿o no?

La anciana golpeó la mesa, furiosa.

La Tía Sandra se hizo la ofendida:

—Si Magdalena es la que va a mandar cartas de abogados demandando a la familia Suárez, yo no dije mentiras...

Federico dejó los cubiertos sobre la mesa con firmeza.

Elvira se puso de pie, pero perdió el equilibrio y cayó hacia atrás.

Magdalena fue la más rápida en reaccionar:

—¡Abuela!

Los dedos de Elvira temblaban levemente.

El tío mayor empujó a Magdalena de golpe:

—¡Apártate! Eres un ave de mal agüero. ¡Mamá! ¡Despierta, mamá!

Se armó un alboroto tremendo. Llevaron a la anciana a una sala contigua para que las enfermeras la atendieran mientras esperaban a la ambulancia.

Magdalena intentó entrar, pero varios miembros de la familia le bloquearon el paso.

—¡Fuiste tú quien la enfermó de un disgusto y todavía quieres entrar! ¡Largo de aquí, traes mala suerte!

La ira de Magdalena ardió de golpe, pero no pudo pronunciar ni una sola palabra para defenderse. Después de todo, no tenía ningún lazo de sangre con Elvira.

Le temblaban los labios.

Llegados a ese punto, Magdalena se dio cuenta de que la única persona a la que podía pedir ayuda era Federico.

—Federico, déjame ver a la abuela un segundo, apenas la vea me iré.

Federico guardó silencio un instante y dijo con frialdad:

—No puedes entrar.

—¡Federico!

Federico estaba un poco irritado, pero al ver los ojos enrojecidos de Magdalena, se sintió incómodo.

Involuntariamente, bajó el tono de voz:

—Aunque cometiste un error en este asunto, sé que no fue a propósito. No te culpo. Vete por ahora.

Las palabras de Magdalena se le atascaron en la garganta. En ese momento, casi odiaba a Federico.

Cuando llegó la ambulancia, Anaís se pegó a Federico y le dijo con voz suave:

—Federico, déjame acompañarte. Las enfermeras tendrán que hacerle chequeos, y como soy mujer, será más apropiado.

Federico asintió:

¿Había escuchado bien?

—Sí, y espero que lo firme lo más pronto posible —afirmó ella.

El Secretario Yáñez estaba profundamente impactado. Después de todo, frente al Señor Suárez, ella siempre parecía hecha de arcilla, sin nada de carácter. Lo lógico sería que, o bien estuviera en el hospital esperando el diagnóstico de la abuela, o estuviera en casa preparándole un caldo caliente a su marido. Pero divorciarse... eso era imposible.

Cualquiera que supiera del matrimonio del Señor Suárez sabía que Magdalena estaba locamente enamorada de él.

El Secretario Yáñez aún recordaba aquella vez que el Señor Suárez se enfermó de fiebre; como no se podía conseguir medicina en la casa de las afueras, su esposa condujo sola desde la ciudad a las tres de la mañana. Para cuando llegó, ya había amanecido.

Pero, independientemente de lo que pensara en su interior, mantuvo una actitud profesional.

—Entendido, se lo entregaré al Señor Suárez lo más rápido que pueda —El Secretario Yáñez revisó la hora—. ¿Necesita que le pida un auto?

Magdalena rechazó su oferta y se alejó conduciendo su propio vehículo.

Antes de subir a la autopista, vio por el espejo retrovisor que un auto la estaba siguiendo.

Las ventanas de ese auto estaban totalmente abajo, y del interior asomaban unos lentes enormes de cámara. Alguien le gritó:

—¡Magdalena, mira a la cámara!

Magdalena se vio obligada a salir de la autopista antes de tiempo, sin esperar que esos *paparazzi* preferirían el dinero a sus propias vidas, acercándose hasta forzarla a detenerse.

Hubo un estruendo ensordecedor.

Magdalena solo sintió un sacudón en el auto, y de inmediato, su campo visual se llenó de bolsas de aire y un humo blanco que no sabía de dónde venía.

Enseguida, vino el olor a sangre.

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