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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 82

—Sí me importa —dijo Magdalena—. Y no solo a mí, a la marca también.

Anaís miró a Federico.

Creía que él saldría en su defensa.

Para su sorpresa, Federico le respondió:

—Regresa tú sola primero.

Anaís se quedó pasmada un buen rato.

En realidad, había dicho eso solo para tantear el terreno, para ver cuál era la actitud de Federico hacia ella en ese momento.

Al escucharlo, aunque sintió resentimiento, no insistió.

—Está bien, de todos modos hay asuntos en la empresa que debo resolver. Te espero allá.

Magdalena no tenía ganas de escuchar sus cursilerías y se dio la media vuelta para irse.

Desde el centro de París hasta La Finca Suárez había al menos cuatro horas en auto.

Apenas Magdalena subió al vehículo, vio que Federico también entraba tras ella.

Se miraron fijamente.

Magdalena frunció el ceño.

Federico levantó una ceja.

Magdalena no se contuvo:

—Señor Suárez, ¿no vino usted a asistir a un foro de negocios?

En ese momento, el foro ya había terminado.

Federico parecía igual de confundido.

—La abuela dijo que vine a pasar mi luna de miel contigo.

Magdalena se irritó. ¿Qué clase de luna de miel necesita a tres personas?

No lo dijo en voz alta.

Tampoco tenía intención de discutir sobre el tema.

Al poco tiempo, comenzó a hablar de trabajo con Sara.

La Finca Suárez estaba ubicada junto a un lago; el edificio principal era blanco, con un techo gris azulado.

A un lado se extendían enormes áreas de césped.

Torres puntiagudas, ventanas abuhardilladas y varias chimeneas rectas le daban un inconfundible estilo francés.

En la parte trasera, había un campo ecuestre.

La marca ya le había pedido la dirección a Federico con antelación para revisar el lugar.

Algo que se habría solucionado con una simple llamada, pero, para su mala suerte, se había quedado sin batería en el celular.

Después de un día tan agotador, montar a caballo le había dejado las piernas rozadas.

Ya no podía dar ni dos pasos, mucho menos caminar dos kilómetros.

Magdalena y aquel caballo negro con el que había trabajado media jornada se quedaron mirándose.

Por sus miradas, tanto el animal como ella estaban a punto del colapso.

Federico acababa de terminar un par de reuniones con la sede principal.

Los ventanales de su habitación daban directamente al lugar de la sesión.

A dos kilómetros de distancia, sin nada que obstruyera la vista, pudo notar dos puntos, uno negro y uno blanco, que no se movían.

Lo pensó por un momento y salió.

Magdalena estaba sentada en el pasto, esperando a que Sara la encontrara.

Para su sorpresa, quien apareció fue Federico.

Hoy no llevaba traje, sino un conjunto informal de tela suave.

El suéter gris oscuro lo hacía ver aún más refinado que de costumbre.

Federico sabía montar; había aprendido equitación desde niño y en su época de universidad fue miembro del club ecuestre.

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