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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 89

Magdalena los veía pasarse las palabras de un lado a otro.

Como si estuvieran en medio de una telenovela dramática.

Dejó escapar una sonrisa irónica.

Esa sonrisa, ante los ojos de Federico, tomó un significado distinto.

Doña Elvira, incapaz de tolerarlo más, le preguntó a Anaís con tono amable si estaba pasando por problemas económicos. Porque de lo contrario, ¿cómo era posible que, a un mes de regresar al país, siguiera usando el auto de la familia Suárez?

Las palabras eran amables, pero la indirecta no lo era tanto.

Anaís, sintiendo el golpe bajo, frunció la boca con impotencia y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Esa era justamente la actitud que la abuela detestaba.

Lanzó una mirada de aparente regaño a Magdalena:

—Mira nomás, te estuve preguntando por esto y nunca me dijiste nada.

Magdalena se confundió un segundo; la abuela jamás le había preguntado al respecto.

Pero al levantar la vista, vio cómo Doña Elvira le chistaba discretamente y le guiñaba un ojo.

De inmediato lo entendió todo: la abuela estaba montando un teatro. Y bueno, en eso de la actuación, ella era una experta.

Bajó la cabeza al instante y, en tan solo tres segundos, dejó caer un par de lágrimas.

—Lo siento, abuela. No debí habértelo ocultado. Pero ese auto al final pertenece al Grupo Orizon. No debí haberme quedado de brazos cruzados viendo cómo usaban los bienes de la empresa para uso personal.

Anaís ya tenía listas sus lágrimas de víctima, pero le faltó nivel actoral y se quedó atrás.

De pronto, no podía ni llorar ni reclamar. Terminó esbozando una sonrisa torcida:

—Magdalena, ¿cómo puedes decir algo así?

Magdalena contraatacó:

—¿Acaso la Directora Cárdenas no acaba de insinuar que yo le estaba metiendo chismes a la abuela?

Con tres mujeres armando tremendo drama, la sien de Federico ya empezaba a palpitarle.

—¡Suficiente!

Federico agotó su última gota de paciencia y se dirigió a su abuela:

—Descanse, no se ponga a seguirle el juego a Magdalena.

Una vez que el auto se fue, el patio se quedó a oscuras.

Ambos entraron en silencio, uno detrás del otro.

Al llegar al segundo piso, Federico se detuvo de repente.

Le llegó un ligero olor a perfume de hombre proveniente de Magdalena.

No sabía de quién era, pero claramente no era suyo.

Una chispa de rabia se encendió en su interior:

Como si quisiera abrirla en canal.

Para ver de qué estaba hecha y qué tantos trucos escondía.

Los labios de Magdalena temblaban ligeramente.

Federico frunció levemente el ceño.

Rara vez veía a Magdalena tan vulnerable.

Frente a él, siempre se mostraba dócil, con un control total de sus emociones; ni lloraba ni armaba escándalos.

Verla así le trajo a la mente aquella noche en Francia.

En la oscuridad, ella parecía asustada, temblando en sus brazos. Y él no sabía si era fingido o real.

Pero el simple pensamiento de que algún otro hombre pudiera haberla visto así de frágil, lo llenó de fastidio.

Sin otra razón aparente.

Simplemente sentía asco, odiaba lo que consideraba sucio.

Dominado por la frustración, se aflojó la corbata:

—Así que, Magdalena, antes de señalar a los demás, más te vale asegurarte de que tus manos estén bien limpias. De lo contrario...

No alcanzó a terminar la frase.

Magdalena ya había levantado la mano y, con un seco sonido, le propinó una bofetada en el rostro.

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